http://dx.doi.org/10.18232/20073496.1489
Reseña

Colmenares, S. (2023). Cosechar para el mundo, pastar para la región: Una historia de globalización en los Montes de María (1850-1914). Universidad Nacional de Colombia; Banco de la República.

Pedro L. San Miguel1, * image 0000-0003-4298-571X

1 Universidad de Puerto Rico, Puerto Rico.

Correspondencia: sanmiguelupr@hotmail.com

En las décadas de 1960 y 1970 emergió en América Latina un gran interés por la historia agraria, esto fue suscitado por los debates en torno a los sistemas económicos o los “modos de producción” que habían prevalecido en la región desde los tiempos coloniales. Buena parte de la literatura que surgió en esos años trató sobre las formas agrarias latifundistas, como la hacienda y la plantación. Pocos trabajos tuvieron como eje central las economías campesinas; esto era así pese a que la evidencia social y demográfica patentizaba el enorme papel de los sectores campesinos en las sociedades latinoamericanas, tanto en la colonia como en el presente.

En lo que a las sociedades y las economías campesinas respecta, entonces fueron los antropólogos y los sociólogos rurales quienes mayormente incursionaron en su estudio. Por otro lado, a partir de la década de 1970 hubo un interés por las movilizaciones y las luchas sociales en las zonas rurales, lo que provocó una buena cantidad de estudios en torno a estos temas en el ámbito de las ciencias sociales. Incluso, en América Latina, hubo indagaciones efectuadas en el campo de la historia, cuya obra emblemática fue Zapata and the Mexican Revolution (1969) del estadunidense John Womack. Tales investigaciones estuvieron matizadas por las corrientes intelectuales que, en esos años, renovaban los estudios históricos, como el marxismo, la “escuela de los Annales”, el subalternismo y la “historia desde abajo”. En estos estudios, resonaron con frecuencia los nombres de E. P. Thompson, Eric Hobsbawm, James Scott y otros estudiosos que brindaron nuevas pautas teóricas para aproximarse al estudio de los campesinos.

Con todo, las investigaciones sobre las economías campesinas continuaron siendo rarezas. Aparte de otras consideraciones, en ciertos contextos imperaron tradiciones históricas y conceptuales que restringían la valoración del tema como parte de la agenda historiográfica. Tal es el caso de la región del Caribe, donde ha regido como dogma la idea de que la plantación norma de manera irrestricta la economía y la sociedad de todos y cada uno de sus territorios. Este pensamiento proveniente de la visión colonial de las Antillas como sugar islands –referida originalmente a las posesiones británicas–, empleada por Ramiro Guerra y Sánchez en su clásico Azúcar y población en las Antillas (1927), fue cimiento de su interpretación sobre la historia económica, social y demográfica de Cuba. En épocas recientes, esta sesgada interpretación ha sido vulgarizada desde los estudios culturales, sobre todo gracias al éxito editorial de La isla que se repite (1989), del cubano Antonio Benítez Rojo, obra que conceptúa la plantación como una suerte de demiurgo que ha constituido todo lo que define al Caribe, a sus territorios, sus sociedades y sus culturas.1

Tan dominante ha resultado este paradigma que ha terminado por desfigurar la historia del Caribe, restringiendo la consideración de otras realidades económicas y sociales del mundo rural. Esto ha sido así pese a que, durante décadas, el antropólogo estadunidense Sidney Mintz alertó sobre las trampas de dicho paradigma, sobre todo en lo que respecta a las Antillas Mayores, las que contaban con una gran diversidad ecológica, brindando a sus pobladores –en especial a esclavos, cimarrones, fugitivos, criadores, cultivadores, “protocampesinos” y campesinos– alternativas de subsistencia y resistencia inexistentes o restringidas en las islas de menor tamaño. Inspirado en tales consideraciones, en los años 80 emprendí una investigación sobre la República Dominicana que tuvo como eje la región del Cibao, zona de una pujante economía campesina que combinaba productos comerciales (tabaco, café, cacao) con cultivos de subsistencia.2 Desde entonces he insistido –aunque con escaso éxito– en la necesidad de estudiar los sectores campesinos de la región caribeña, matizando así la simplificadora visión del Caribe como una mera “isla que se repite”.

Ante tal panorama, resulta alentador que existan noveles historiadores que reexaminen la historia del campesinado y que exploren las economías campesinas con nuevas perspectivas y, sobre todo, más allá de restrictivos paradigmas acerca de la historia agraria. Tal es el caso de la sólida y audaz investigación que presenta Santiago Colmenares Guerra en Cosechar para el mundo, pastar para la región. Centrada en un área del Caribe de Colombia, los Montes de María, la obra inicia con los debates sobre las economías latinoamericanas en el ámbito internacional, centrales en las décadas de 1960 y 1970, así como de las discusiones teóricas sobre las economías campesinas que proliferaron desde fines del siglo xix. La aproximación de Colmenares Guerra a tales debates está, no obstante, lejos de los bizantinismos que llegaron a caracterizar muchas de esas discusiones en el pasado. La suya es una reflexión escrupulosa, alejada de dogmatismos y teleologías; se trata de consideraciones que aportan elementos para aproximarse críticamente a su objeto de estudio. De forma particular, pretende comprender en su complejidad y fuera de determinismos la inserción de la región estudiada en eso que denomina “Primera Globalización”.

Como paso adicional en esa dirección, Colmenares Guerra ofrece una interesante comparación entre las economías tabacaleras de los Montes de María, el Cibao dominicano, la zona de Ambalema de Colombia y el Recôncavo brasileño. Este ejercicio comparativo le permite tanto trazar patrones comunes entre estas zonas tabacaleras como identificar sus respectivas peculiaridades. Especialmente, identifica analogías significativas entre los Montes de María y el Cibao, similitudes patentes en los patrones de poblamiento, ocupación y posesión de la tierra, así como en sus estructuras sociales. Entre otras cosas, en ambas regiones existió en el siglo xix disponibilidad de tierras, lo que permitió que los campesinos ampliaran la frontera agrícola cultivando pequeñas y medianas parcelas, dedicadas tanto a la subsistencia como al cultivo de tabaco. Esto fue posible, por otro lado, gracias a la demanda del mercado internacional, donde el Cibao y los Montes de María tuvieron como principales destinos Bremen y Hamburgo. Lo anterior llevó a que casas comerciales de estas ciudades incursionaran en esas regiones caribeñas; lo hicieron usualmente recurriendo a intermediarios –comerciantes, grandes propietarios agrícolas, pulperos y prestamistas locales, e incluso campesinos prósperos– que ofrecían “avances” a los cosecheros de tabaco a cambio de la entrega de su producto al final de cada cosecha. Este esquema permitía a las casas comerciales acumular el tabaco para mercadearlo en el exterior, pero además sustentaba una economía campesina vinculada al mercado. Nada de campesinos viviendo en “comunidades cerradas” y ajenos a las corrientes económicas globales.

El crédito en este sistema es central, estaba constituido por los avances en efectivo o en productos que se ofrecían a los cosecheros de tabaco a cambio de sus hojas. Colmenares Guerra analiza el crédito haciendo una distinción entre “crédito horizontal” y “crédito vertical”. El primero era la expresión de los lazos de solidaridad y apoyo mutuo imperantes en Montes de María entre los mismos campesinos, por otro lado, era también expresión de la vecindad, el parentesco y las relaciones primarias. Era este un crédito tradicional, propio de sociedades campesinas, afincado en valores sociales que no pueden explicarse únicamente con base en una “lógica de mercado” (p. 149) ya que no tenía como fin una ganancia económica. Muy distinto era el “crédito vertical”, dirigido expresamente a la obtención de una ganancia económica, lo que era factible gracias al control de las cosechas de tabaco en virtud de los “avances” ofrecidos a los cultivadores. Este tipo de crédito generaba dos formas de ganancia: los intereses que se cobraban por los “avances” y las ganancias obtenidas por los comerciantes por la venta del tabaco en los mercados europeos. Es importante señalar que Colmenares Guerra se vale de su presentación del crédito rural para discutir una serie de cuestiones derivadas de este asunto, entre ellos la evolución de las tasas de interés (que no solían variar de manera significativa) y “el reparto desigual de los riesgos en las operaciones crediticias de tabaco” (p. 156). Estos temas los escruta en las diversas coyunturas de la economía tabacalera de Montes de María. De su análisis se desprende que el objetivo principal del endeudamiento campesino era controlar las cosechas de tabaco; no había la intención expresa, por parte de los comerciantes-prestamistas, de expropiar a los cosecheros ni tampoco el imperativo de acumular tierras. En esta economía la fuente de ganancias era el tabaco; incluso, los comerciantes preferían mantenerse fuera de la producción directa como una manera de “compartir riesgos” con los cosecheros. Esto fue así en Montes de María, en el Cibao dominicano y en incontables regiones de América Latina donde imperaron sistemas económicos análogos.

A continuación, Colmenares Guerra examina las transformaciones inducidas por la economía tabacalera en Montes de María. Explora, por supuesto, las modificaciones en el uso de los suelos y en la propiedad de la tierra, y cómo estas alteraciones incidieron sobre las relaciones de producción y la estructura social. Como suele suceder en tales contextos, detecta una relativa diferenciación general dentro del mismo campesinado, sin que ocurriera un trastoque radical del sistema social. En lo que al análisis de la economía tabacalera respecta, una de sus aportaciones más originales radica en su examen de la “renta tabacalera” (capítulo cuatro), audaz ejercicio en el cuál, valiéndose de las series de precios del tabaco, el autor distingue los patrones de distribución de los ingresos provenientes de su venta e intenta rastrear los niveles de vida del campesinado tabacalero. Aparte de factores estructurales –como el mercado internacional–, el autor estudia aspectos locales que incidieron en la economía tabacalera, entre ellos las técnicas de producción, caracterizadas por su rusticidad, lo que ponía en desventaja a los tabacos montemarianos en el mercado internacional, así como una plaga de langostas que en la década de 1880 aquejó a la agricultura. Uno de sus efectos fue impulsar la economía ganadera, que había avanzado en los Montes de María. Así, durante el segundo ciclo exportador de tabaco, de 1890 a 1914, fue patente que un número mayor de campesinos ya no contaba con acceso propio a la tierra y que se acentuó la ampliación de los potreros dedicados al ganado, destinado a abastecer los mercados regionales.

Así que, hacia la parte final de la época estudiada por Colmenares Guerra, la economía agraria de Montes de María sufrió una transformación significativa. La ganadería se convirtió en la principal actividad económica de la región, pasando el tabaco a ocupar un papel secundario. Esta alteración vino acompañada por una acumulación de tierras, así como con el fin del acceso más o menos libre a las tierras por parte de los sectores campesinos, sometidos cada vez más al dominio de los terratenientes dedicados a la ganadería. Paradójicamente, este nuevo panorama fue posible por las ganancias generadas en décadas previas dado el auge tabacalero, propiciado por la economía de base campesina. Mas ese auge generó una acumulación de capital que, más tarde, impulsó la acumulación de tierras y el predominio de la economía ganadera. Es esta una de las paradojas de las economías campesinas, que suelen inducir procesos económico-sociales que, a la larga, terminan por socavarlas.

Quiero terminar señalando que nos encontramos ante una sólida investigación que efectúa análisis audaces pero cuidadosos. Hay, por supuesto, unos pocos lugares donde se hacen afirmaciones un tanto categóricas para mi gusto, así como interpretaciones que admiten matizaciones más o menos significativas. Pero son escasos tales pasajes. En general, es esta una investigación loable que espero augure una nueva camada de indagaciones y reflexiones acerca del pasado rural latinoamericano y caribeño.


  1. Elaboro una crítica a esta concepción en San Miguel, P. (2011). Economic Activities Other than Sugar. Part One: The Agrarian Economies. General History of the Caribbean, iv.↩︎

  2. San Miguel, P. (1997). Los campesinos del Cibao: Economía de mercado y transformación agraria en la República Dominicana, 1880-1960.↩︎