Guillermina del Valle y Antonio Ibarra (coords.), Redes, corporaciones comerciales y mercados hispanoamericanos en la economía global, siglos xvii-xix, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2017, 490 pp.

Guillermina del Valle y Antonio Ibarra (coords.), Redes, corporaciones comerciales y mercados hispanoamericanos en la economía global, siglos xvii-xix, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2017, 490 pp.

Omar Velasco Herrera*

El estudio de las redes y corporaciones comerciales durante los últimos quince años ha dado pie a la publicación de una serie de obras sustentadas por una sólida red de investigadores, entre ellos Guillermina del Valle y Antonio Ibarra, cuya obra ha fortalecido el tema. El libro Redes, corporaciones comerciales y mercados hispanoamericanos en la economía global, siglos xvii-xix, trabajo más reciente de los autores, materializa años de esfuerzo, horas de discusión y la conjunción de agendas de investigación convertidas en una compilación de artículos con una manufactura crítica, propositiva y que ahonda en pesquisas que permitirán el crecimiento tanto de la red de investigación como los temas de la misma. Prueba de ello es que en esta ocasión reúnen ensayos de Sergio Serrano, Karina Mota, Iliana Quintanar y Luis Aguirre, investigadores cuyos textos son producto del proceso formativo del grupo de trabajo, lo que ha permitido incorporar nuevos nodos y perspectivas a la discusión.

Si bien los ensayos se centran en el siglo xviii, aparecen puentes de diálogo con los siglos xvii y xix. Así pues, la obra se adentra en el tema con el meticuloso trabajo de Sergio Serrano, quien muestra la sistematización de un corpus de información documental sobre la presencia de un grupo de comerciantes y mineros de San Luis Potosí a comienzos del siglo xvii, en conexión con el mercado de la capital novohispana, durante un siglo historiográficamente descuidado, por ello es de gran valía este trabajo. Se trata no sólo de un abordaje metodológicamente riguroso, a veces demasiado técnico, sino también de un ensayo que muestra una tipología de relaciones comerciales en torno al tráfico de plata de alta ley, la que se convierte en el motivo detrás de la inserción ocasional de una serie de agentes no especializados ante una buena oportunidad. En paralelo, Serrano da cuenta de la construcción de una red aún más especializada, compuesta en su mayoría por comerciantes, que le permite hacer una reflexión que no es menor: estamos ante dos escalas, una inmersa en la ocasión, sintomática de un proceso formativo de la economía mercantil y otra concentrada en la circulación de la plata más allá del espacio novohispano, que tiene información relevante y sabe del potencial del metálico a escala mundial. Se trata pues de una red regional con ecos globales que, en palabras del autor, “comienza ya a parecerse a las redes comerciales típicas del siglo xviii” (p. 66).

El siglo xviii, y especialmente la segunda mitad del mismo, es el espacio temporal predominante de la mayoría de los trabajos de Redes, corporaciones comerciales y mercados hispanoamericanos en la economía global, siglos xvii-xix. Por ello, resulta más enriquecedor dar cuenta de los cinco ejes de análisis que, desde mi perspectiva, aparecen en la obra, por supuesto, sin dejar de tomar en cuenta que hay ensayos cuyo panorama de estudio llega hasta el siglo xix, en cuyo caso lo especificamos más adelante.

El primer eje tiene que ver con la importancia que tuvo el contenido de parentesco y paisanaje en las redes de comerciantes, tema que ha sido uno de los más prolíficos dentro de la historiografía. Los trabajos de Guillermina del Valle e Iliana Quintar, para el caso de miembros del Consulado de comerciantes de México, y el de Karina Mota, para el de Guadalajara, dejan ver de manera muy clara este aspecto. El caso de Juan de Castañiza y su sobrino-yerno, Antonio Bassoco, en los trabajos de Valle y de Quintanar es uno de los ejemplos más representativos de la importancia que tuvieron los vínculos con parientes, paisanos, autoridades administrativas y religiosas en el buen cauce de los negocios. Los comerciantes tapatíos, abordados por Karina Mota, no son la excepción: el origen y la migración peninsular fue determinante en la edificación y consolidación de las redes que movieron el comercio en el occidente novohispano. En ese sentido, uno de los puntos explicados por la autora es el mecanismo por el que se dio la movilidad a los recién llegados. La secuencia cajero-administrador-hombre de negocios es explicada y esquematizada de manera tal que es posible ver cómo la permeabilidad dentro de la red estaba dada no sólo por el paisanaje o el parentesco, sino también por los méritos en el negocio, así pues, no todos fueron casos de éxito.

El segundo eje está relacionado con la capacidad de adaptación y de desarrollo de estrategias de los comerciantes ante un entorno político y económico cambiante, como lo fue el llamado reformismo borbónico. El ensayo de Guillermina del Valle, que tiene como objeto de estudio la trayectoria de Juan de Castañiza, y en mayor medida la de Antonio Bassoco, es rico en ejemplos de las estrategias de este último para enfrentar un escenario en el que se le daba cauce al llamado comercio libre y en donde los comerciantes del Consulado de México vieron afectados sus intereses. La reorientación de sus capitales hacia la intermediación financiera (en donde fue vital el papel de Bassoco como agente negociador de empréstitos para la Real Hacienda), su participación en compañías mineras como la de Vetagrande y la Sociedad Minera de Bolaños que lo llevaron a ser miembro del Tribunal de Minería y la mirada puesta en la posibilidad de reconstruir el camino a Veracruz a través de una ruta que beneficiaba a los mercaderes consulares, fueron algunas de sus estrategias ante la reconfiguración de las reglas del juego.

En ese sentido, el impulso que tuvo el crédito a través del llamado depósito irregular, en medio de un contexto en el que la consolidación de vales reales afectó la disponibilidad del mismo, es explicado en el trabajo de Iliana Quintanar como un ejemplo más de las estrategias de los comerciantes y de sus redes frente a escenarios adversos. Las ventajas del depósito irregular son explicadas por la autora de manera tal que su incremento resulta lógico: bajas tasas de interés, exención de impuestos y flexibilidad en los usos y en los plazos. El crédito a través de esta vía puso en funcionamiento la estructura de las redes que permitieron darle movimiento a la misma, allí aparecen los miembros del Consulado como intermediarios y con ellos las ya mencionadas relaciones de parentesco y paisanaje. Debe resaltarse, además, que uno de los méritos del trabajo de Quintanar es su relevancia historiográfica ya que el depósito irregular ha sido un tema poco explorado y con un potencial amplio dada una fuente crucial para su comprensión: los registros notariales.

Se trata de una fuente que también resalta Yovana Celaya como clave para entender la respuesta de los comerciantes poblanos ante un escenario similar. En ese sentido, la autora muestra una escala distinta de la negociación corporativa dentro de un espacio estratégico para la lógica imperial: la ciudad de Puebla y los espacios aledaños. Las juntas mercantiles, el nombramiento de diputados y la formación de milicias urbanas fueron las estrategias desarrolladas por los comerciantes poblanos para la interlocución con las autoridades virreinales ante el trastrocamiento de sus intereses. La capacidad que tuvieron para manifestarse a través de estos medios estuvo sustentada en el peso que ganó la zona ante el incremento del flujo mercantil en un eje comercial que articulaba a la ciudad de México con Veracruz y el Caribe. Los comerciantes poblanos supieron aprovechar la situación mediante la Junta de Comercio y el nombramiento de diputados para sortear la disputa que generó la creación del Consulado de Veracruz. Para los poblanos todo esto significó, en gran medida, la oportunidad de nuevos negocios que supieron capitalizar.

Lo anterior permite dar cuenta del tercer eje del libro: la importancia de las escalas en el análisis de las redes. Si bien abordamos este asunto al tratar el trabajo de Sergio Serrano, en esta obra destacan dos ensayos que lo abordan de manera más amplia y con el ojo puesto en el siglo xviii. El trabajo de Álvaro Alcántara es, en ese sentido, un buen ejemplo de la importancia que tiene la escala para ofrecer matices. Su objeto de estudio es la costa del Sotavento, una región veracruzana que se convirtió en una caja de resonancia de los reacomodos de la segunda mitad del siglo xviii. Se trata de un área estratégica no sólo por su posición geográfica, sino también por su entramado productivo. Entre el ganado, la producción de algodón y el ixtle se configuró un espacio económico que veía hacia el Caribe, pero también hacia el nodo poblano estudiado por Yovana Celaya. De esta forma, el trabajo de Alcántara es relevante en la medida en la que permite observar interrelaciones a una escala regional, en donde confluyen comerciantes capitalinos y veracruzanos, así como actores políticos que articulan una disputa y benefician a una elite local que, a la luz del reformismo borbónico, llena los espacios de una burocracia compuesta por alcaldes y subdelegados. En ese sentido, la agenda de investigación que recientemente ha impulsado un grupo de colegas en torno la participación de los subdelegados, podría abrevar del consolidado enfoque de las redes de comerciantes que este libro muestra con claridad.

El tema de la escala es tratado en el trabajo de Antonio Ibarra bajo una estimulante propuesta: abordar la circulación de los llamados “efectos de China” por medio de una fuente fiscal (el registro de alcabalas), dentro de un espacio regional como el de Guadalajara, teniendo, además, como punto de referencia el Pacifico a través del puerto de San Blas. Los datos que ofrece el autor permiten mostrar lo que él denomina los contornos del consumo: existió no sólo un consumo suntuario ligado a los centros mineros y sus auges, sino también un significativo peso de la demanda rural, tanto de altos ingresos como de rancheros de clase media. Esto amplía el espectro de alcance de unas mercancías que, podría pensarse, era bastante más limitado. Este consumo tenía como sustento un circuito comercial en donde Guadalajara aparece como eje de acopio y distribución de mercancías. Lagos y Aguascalientes eran, dentro del análisis, ejes secundarios, aunque no menos importantes. Bajo este panorama se insertan los actores y las redes de comerciantes: Manuel López Cotilla, Juan Esteban de Elorriaga y Joaquín Gómez del Corral, por mencionar sólo algunos de los principales introductores de efectos orientales. Se trata, además, de personajes que sabemos cómo se afianzaron al comercio tapatío gracias al trabajo de Karina Mota que se encuentra en esta misma obra. La configuración de todas estas variables deja en claro la capacidad del autor para plantear una temática de gran alcance: la escala, para Antonio Ibarra, debe ir de lo local a lo global. Sin duda, esta perspectiva resulta estimulante ante la relevancia de San Blas y del Pacifico como espacios mercantiles.

Esto sirve para plantear el cuarto eje: el Pacifico en la dinámica del mercado andino y sudamericano. Los trabajos de Fernando Jumar, Viviana Conti y Cristina Mazzeo explican el comercio desde tres realidades portuarias: Buenos Aires, Cobija y el puerto de Arica. Los tres trabajos muestran elementos que permiten pensar al comercio y al entramado de redes comerciales desde perspectivas novedosas. De este modo, teniendo como observatorio el comercio de textiles en Buenos Aires, Fernando Jumar apuntala algunas de sus hipótesis de trabajo para el periodo que va desde 1779 hasta 1783: a) la relevancia que tuvo la ruta mercantil bonaerense con el oeste; b) que el grueso de las negociaciones estaba mirando hacia la propia región del Río de la Plata y con dirección al Pacifico, y c) que el consumo de mercancías peninsulares tuvo un alcance que iba más allá de las elites. La articulación de la zona del Río de la Plata con el Pacifico, a través de zonas como Cuyo, Chile y el bajo Perú, dejan ver la importancia del mercado andino dentro de una serie de rutas que tenía a la mercancía plata y a los artículos de consumo, tales como los textiles estudiados por Jumar, como motores que dinamizaron estos mercados.

En esa perspectiva, el trabajo de Viviana Conti en relación con el puerto de Cobija, habilitado a partir de 1827, resulta clarificador de lo que sucedió con la articulación esbozada por Fernando Jumar, pero en el siglo xix. El tráfico de mercancías en torno a este puerto hizo posible la puesta en marcha de una ruta comercial, con no pocas complicaciones geográficas, que no obstante fue preferida por el comercio ante las ventajas fiscales impulsadas por el naciente gobierno boliviano. Así, el noroeste argentino comenzó a conectarse con el Pacifico a través de Cobija. Esto expandió las redes mercantiles y las principales casas comerciales de Salta se conectaron con el mercado mundial y con puertos de mayor calado, tales como Valparaíso, a través de Cobija.

Bajo esa mecánica, el trabajo de Cristina Mazzeo muestra el caso de uno de los puertos de tránsito más importantes del Pacifico: el puerto de Arica. La autora da cuenta de la gran relevancia de este puerto desde que actuó como el punto de salida de la plata del Potosí y de llegada del azogue necesario para las minas. Hacia finales del siglo xviii y principios del xix, Arica se convirtió en un puerto clave del comercio de cabotaje. Una parte importante de las embarcaciones llegaban desde Valparaíso. El grueso del total de navíos que llegaba a Arica se dirigía hacia el Callao. Mazzeo dibuja una dinámica en donde las redes de comercio conectan no sólo el litoral, sino también ciudades importantes de tierra adentro como La Paz, Arequipa y Potosí. Se trató entonces de un puerto en el que convergieron dos circuitos comerciales: uno que venía de Europa a través de Río de Janeiro y Valparaíso, y otro que estaba ligado al Callao y que tenía las miradas puestas hacia el norte continental. En ese sentido, cobran importancia los puertos de Acapulco y de San Blas, si bien la autora los deja como simples menciones –dado que no son objeto de su análisis­– seguramente habrá mucho qué decir en futuras investigaciones. En todo esto, y bajo el contexto del proceso de construcción de las repúblicas sudamericanas, la presencia cada vez más importante de comerciantes extranjeros (británicos y estadunidenses) será otro de los puntos clave para entender la dinámica de las redes comerciales con miras al siglo xix.

Es allí en donde surge el quinto eje de análisis del libro: las redes comerciales y las transformaciones decimonónicas. Si bien es cierto que los trabajos de Mazzeo y Conti están ubicados en ese espacio temporal, el trabajo de Luis Aguirre, centrado en el estudio de las elites comerciales de Montevideo entre 1812 y 1828, plantea una perspectiva que podría servir como modelo histórico explicativo del comportamiento de los comerciantes ante los vaivenes políticos decimonónicos. Así pues, el autor logra demostrar que, en el caso de la elite mercantil de Montevideo, la flexibilidad ante los proyectos políticos le permitió a la misma mantenerse a flote y sostener la representación consular hasta 1838. No obstante, el Consulado de la primera mitad del siglo xix era cualitativamente distinto al que se fundó en 1794, es allí en donde radica el derrotero de largo plazo de la investigación del autor más allá de este artículo: explicar los cambios y continuidades de la corporación mercantil.

En la misma tónica de transición hacía el siglo xix está el trabajo de Mario Trujillo. El ensayo tiende un puente de análisis en la dinámica y trayectoria de algunas de las casas comerciales gaditanas y veracruzanas durante el periodo comprendido entre 1797 y 1820. El recuento y caracterización que hace Trujillo de un conjunto de cinco casas comerciales permite observar algunas de las estrategias que pusieron en marcha estos establecimientos mercantiles para enfrentar un contexto marcado por la guerra de independencia, la inminente pérdida del mercado novohispano y de las rutas más importantes del Atlántico. Sin duda, resalta el caso de la Casa Mercantil y Financiera Murphy, no sólo porque tuvo presencia en Europa y la costa este de Estados Unidos, sino también porque se convertiría en una de las casas comerciales más conocidas de la historia política y económica del México decimonónico.

En ese sentido, sería de gran valía revisitar la historiografía del siglo xix en torno a los llamados agiotistas, teniendo como lente el análisis de redes y sus avances, muchos de ellos materializados en el libro que se reseña. Es muy probable que entendamos y maticemos mejor puntos clave del entramado de intereses que hicieron posible que la dinámica del agiotismo se convirtiera en el modus operandi del crédito público nacional durante la primera mitad del siglo xix, sin duda, el tema y la historiografía ganarían mucho en profundidad y complejidad.


  1. * Becario posdoctoral, División de Estudios de Posgrado, Facultad de Economía, Universidad Nacional Autónoma de México.

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