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Am. Lat. Hist. Econ., vol. 15, núm. 2, julio-diciembre, 2008, pp. 202-207. http://alhe.mora.edu.mx/index.php/ALH


Reseñas

 

Eduardo Flores Clair y Edgar O. Gutiérrez López (comps., estudio introductorio y notas),
Descripción política, física, moral y comercial del departamento de Sonora en la república mexicana por Vicente Calvo en 1843,
México, INAH, 2006 (Serie Regiones de México)

 


Atraídos por un manuscrito no publicado de Vicente Calvo, sobre lo que era el departamento de Sonora en 1843, años después de la instauración de la naciente república mexicana y antes de que una parte de esta región pasara a formar parte de la Unión Americana, los compiladores se dan a la tarea de buscar quién era Vicente Calvo. El escurridizo autor de la "Descripción..." fue objeto de una incesante pesquisa por parte de Flores y Gutiérrez, tratando de seguir diversas rutas para llegar a encontrar su identidad. Siguiendo a varios personajes, terminan por señalar la imposibilidad de conocer, hasta ahora, a quien nos legó una serie de cuadros retóricos que pintan parte de una región del noroeste de México, distante, geográfica y culturalmente, del centro del país.

Por otra parte, les parece un enigma que no se haya publicado antes el texto, cuando todo indicaba que Calvo lo quería hacer a pesar de su modestia, al señalar que no era un escritor consumado; pero la falta de un conocimiento de este inhóspito lugar en aquellos tiempos lo alentaba a escribirlo y a darlo a conocer a un público, como él lo pensaba, deseoso de imaginar sitios distantes y con peculiaridades como las del noroeste de México, desarrollándose en esos momentos y con un grupo importante de comunidades indígenas, todavía en franca resistencia, a las que sojuzgaban y les arrebataban sus mejores territorios.

Con respecto al trabajo de los compiladores, basta decir que ambos han estado ligados a la investigación histórica sobre el noroeste de México desde hace varios lustros, con estudios de notable calidad sobre diferentes temas, como la minería, el comercio o la religión, por mencionar algunos. Al igual que Vicente Calvo, son fuereños atraídos por lo enigmático de la región, sobre todo en lo referente al estado de Sonora. Para ellos, esta zona es una gran veta que ha resultado ilimitada para la obtención de datos para su análisis. Es un interesante territorio que los surte de informaciones, muchas veces totalmente inéditas, como lo muestra la publicación de la obra de Calvo.

Llama la atención a los compiladores la falta de visión de Calvo para ver la nueva dinámica económica que se estaba incrementando en esos momentos, justo, entre otras cosas, con el desarrollo del puerto de Guaymas. También les sorprende el hecho de que Calvo no se haya referido a dos temas importantes para ese momento histórico: el contrabando de mercancías y el expansionismo de Estados Unidos. Dejando de lado asuntos tan significativos, prefiere hacer una descripción más detallada de las características geográficas del territorio y de la vida cotidiana de sus habitantes, entre otros aspectos.

Con notable erudición Flores y Gutiérrez nos presentan un cuerpo de notas a pie de página que permite tener un mejor aprovechamiento de la lectura de la "Descripción", como cuando Calvo compara a los "tímidos indígenas" con los léperos, que son caracterizados como haraganes y a los que relaciona con los lazzaróne de Nápoles. Los compiladores explican que lazzaróne es sinónimo de truhán, gandul o haragán. También nos informan de los personajes, muchos de ellos de la época, que se mencionan en la crónica del insigne viajero, y, en otros casos, hasta de figuras mitológicas. Además, en las notas nos remiten a una extensa bibliografía sobre los distintos temas publicados por diversos autores y que abundan en la comprensión de un aspecto determinado, relativo a lo presentado en el texto escrito por Calvo.

Un dato que no dejan de lado y que desde Calvo, y seguramente antes, ha venido siendo recurrente es la visión de propios y extraños sobre la belleza de las mujeres sonorenses. El maestro Armando Quijada Hernández, quien ha trabajado con el material legado por Calvo, afirma que: "lo que no ha cambiado en Hermosillo, es la inteligencia y belleza de sus mujeres".1 Esta recurrencia la podemos observar en una nota que me proporcionó Juan Daus, de la biblioteca del Centro INAH Sonora, publicada en El Católico, Semanario Popular, del 28 de mayo de 1949, en donde se relata: "En la capital misma de la república he oído decir: ¡Quisiera que fueras a Sonora para que vieras qué mujeres tiene! ¡Cuando yo quiera casarme voy a ir a Sonora!"

Los compiladores hacen un agudo análisis sobre el autor y su escrito, planteando cómo una serie de ideas de la época se imponen en su pensamiento en torno a lo que aparece ante sus ojos, exponiéndolo así en su estudio introductorio:

Es imposible desligar a Calvo de la influencia de los modelos culturales de su época, aunque él manifiesta una amplia gama de ideas disgregadas que corresponden a determinadas corrientes de pensamiento ético, cultural, de clase y ocupación. Era un hombre culto y en su texto no hay neutralidad; auque cree manifestarla, pretenderla, juzga cada acción y su punto de vista sirve de guía a su escrito y da forma a su historia (p. 23).

Ahora bien, sobre el documento mismo hay mucha tela de donde cortar, pero me referiré únicamente a algunos aspectos que me parece significativo resaltar:

En primer lugar, es un ejercicio narrativo muy fecundo. Al hacerlo nos va presentando una especie de pinturas, en donde la elocuencia nos invita a observar los detalles o a sentirnos como si un amigo o pariente

nos estuviera describiendo su viaje. No repara en dar cuenta de las particularidades que va descubriendo y se maravilla de ello, haciéndonos cómplices de su aventura. Al hacerlo, recreamos en nuestra mente cómo podría ser lo que estamos leyendo, remontándonos a nna Sonora que se venía conformando como una región. La que se ha venido heredando y hace sentir a los sonorenses formar parte de una comunidad, con todas sus contradicciones y consonancias. Las imágenes, en algunos casos parecidas a las de una novela, remiten a estampas con características grandilocuentes. Para muestra basta con el siguiente pasaje: "Las gentes de Guaymas son de carácter alegre, hospitalarios, de sentimientos patrióticos y amigos de las luces. Las señoras son de gracioso personal, tienen una elegancia natural en sus maneras, y unen una viveza interesante a la suavidad insinuante y cautivadora, tan general en las mujeres de Sonora" (p. 99).

En segundo lugar destaca el hecho de una pródiga descripción de la vida cotidiana de los sonorenses radicados en Guaymas, El Pitic (poblado al que años después le cambiaron el nombre por el de Hermosillo) y algunos ranchos de sus alrededores. La crónica es bastante elocuente y revela el impacto que le causó a Calvo la manera como se llevaban a cabo las relaciones sociales y familiares, observando cómo se conformaban las redes sociales y la configuración de una sociedad en donde interactuaban varios grupos sociales y culturales. Así lo notamos en los siguientes fragmentos sobre las formas de divertirse de los sonorenses: "Los naturales de Sonora son festivos y aficionados a bailar, a la música y al canto. Y se hallan pocos, sean ricos o pobres, que no sobresalgan en uno u otros de estos adornos. En este país tan caluroso no solamente ejecutan las gentes sus labores al aire libre, sino sus diversiones" (p. 197), o cuando expone: "En este pueblo [de Guaymas] las gentes reciben todas las noches a sus amigos y tienen tertulias. Los tertulianos van unos después de otros y a voluntad se ponen a bailar, o se van sin la menor ceremonia y recorren en la noche otras tertulias. Nada puede ser más agradable que esta franca comunicación de las gentes" (p. 100).

En tercer lugar, Calvo es crítico social, y no pasa por alto la efervescencia política y social de la época. Desde una posición inquisidora revisa la situación por la que atraviesa el país, convulsionado por disputas internas de todo tipo. Su posición no puede ser más explícita cuando afirma en el prólogo:

la ambición de los jefes, la corrupción de las costumbres, las prisiones, la proscripción, las pasiones enardecidas, las pretensiones encontradas de los partidos que hacen de su enemigo particular el enemigo del Estado, la denunciación que equivale a la prueba del crimen, son calamidades para la nación [...] En una palabra, todo es incertidumbre y extravagancia en estos países a donde la anarquía reina bajo en nombre de república (p. 74).

Después de leer esta consideración, se podría decir que cualquier similitud con el México actual es pura casualidad.

Al mismo tiempo hace feroces críticas a la España que sojuzgó por mucho tiempo a México, aunque afirma "no ha sido mi intento insultar y mucho menos el degradarla" (p. 75). Al respecto, cuando escribe sobre personas que usan talismanes y escapularios nos dice: "Esta es una consecuencia de la educación española, que al mismo tiempo que alimenta la holgazanería y todos los vicios que engendra, inculca la superstición más abyecta a fin de oprimir las conciencias y encadenar la libertad racional" (p. 201).

Un cuarto aspecto que me parece interesante examinar es su visión sobre los indígenas del noroeste de México. Si bien afirma que su conocimiento de ellos viene de las personas que habían tenido alguna relación directa con los nativos en sus territorios tradicionales y que por problemas de inseguridad no se había internado en esos espacios, no deja de referirse a ellos en varias partes del manuscrito y plantear sus propias ideas sobre su situación y actitud ante los grupos que los estaban sometiendo y tratando de asimilar. Por un lado se refiere a los indígenas de manera positiva cuando forman parte de la fuerza de trabajo necesaria para el desarrollo de los centros de población y de las haciendas, realizando las labores más rudas, como lo destaca de la siguiente forma: "los indios yaquis tienen las más brillantes disposiciones para el trabajo y ellos son los únicos que hacen todo el trabajo posible de Guaymas. Son cargadores, aguadores, carreteros, etc.", y continúa líneas abajo: "Sea esto objeto de la justicia y merecida alabanza de unas gentes que sin ellas el puerto de Guaymas faltaría de brazos para su prosperidad mercantil" (p. 135). Como ya se ha evidenciado en varios estudios, los indígenas fueron la fuerza de trabajo más importante en esta región con una densidad de población muy baja, sobresaliendo la mano de obra yaqui; una de las más valoradas por los patrones de varias actividades productivas.2

A esta perspectiva se contrapone la de los indígenas rebeldes y la de los que por diversas razones no formaban parte de la mano de obra barata del departamento de Sonora. A ellos los llama semisalvajes, y los caracteriza como de aspecto repugnante. Sin ningún rubor opina: "La venganza es su vicio predilecto y dominante. Su indolencia es tal que pasan la mayor parte de su vida echados en el suelo y bebiendo licores fermentados" (p. 137). También menciona la rebelión, sofocada pocos años antes, cuyo líder fue Juan Banderas, y presume de futuros levantamientos, como así sucedió, en defensa de su territorio, autoridades y modo de vida, casi de forma continua hasta bien entrado el siglo XX.

No sucede lo mismo con los apaches, a los que reconoce como depredadores de la frontera y una de las causas principales para que el departamento de Sonora tuviera tantos problemas, en la medida de la falta de productividad en esas zonas y del gasto en las campañas militares para combatirlos. Para ellos no hay un juicio positivo como para el resto de los indígenas del territorio sonorense.

Al igual que los intelectuales de la época, él opina que la educación es la única que puede sacar a los yaquis y al resto de los indígenas de su situación, aunque eso no se llevó a cabo. Al mismo tiempo observa cómo la educación en general es bastante deficiente, por lo que había que modificar los programas escolares en beneficio del país.

Para concluir, llama la atención la descripción que hace Calvo de Guaymas y El Pitic, poco antes de que Hermosillo se convirtiera en la capital del estado. Al parecer fue un visionario que percibió en los valles y el puerto de Guaymas el auge de lo que tiempo después sería el próspero estado de Sonora. Aunque en esos momentos Ures era la capital, mientras Alamos y Arizpe habían sido importantes centros de población, para esas épocas comenzaban a decaer política y económicamente los pueblos serranos y a desarrollarse la región de los valles y el principal puerto de la región.

José Luis Moctezuma Zamarrón
Centro INAH, Sonora

 

Notas

1 Armando Quijada Hernández, "Hermosillo visto por un extranjero en el 1842", Memoria del Simposio Juan Bautista de Escalante, Hermosillo en el tiempo 7700-2000, Hermosillo, Instituto Sonorense de Cultura, 2000, p. 70.

2 Véanse Alejandro Figueroa, Los que hablan fuerte. Desarrollo de la sociedad yaquis México, Centro Regional del Noroeste-INAH, 1985, pp. 15-161 (Noroeste de México, 7), y Edward Spicer, Los yaquis. Historia de una cultura, México, UNAM, 1994.

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