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Am. Lat. Hist. Econ., vol. 15, núm. 2, julio-diciembre, 2008, pp. 129-157. http://alhe.mora.edu.mx/index.php/ALH


Artículos

 

La colonización agrícola en Argentina, 1850-1900: problemas y desafíos de un complejo proceso de cambio productivo en Santa Fe y Entre Ríos

 

Julio C. Djenderedjian

Fecha de recepción: julio de 2007
Fecha de aceptación: octubre de 2007

 


Resumen

En este artículo analizamos la evolución y las características del proceso de colonización agrícola en Santa Fe y Entre Ríos, dos emblemáticas provincias de Argentina durante la segunda mitad del siglo XIX. Proponemos una nueva periodización basada en los cambios en las estrategias con que se encaró el mismo, y estudiamos los problemas que experimentó en cada una de esas provincias, buscando explicar las causas del rápido desarrollo santafesino y el retraso relativo entrerriano. El resultado destaca la importancia de la disponibilidad de capital y de tierras baratas para poder constituir emprendimientos competitivos en un contexto de rápido cambio económico.

Palabras clave: colonización, agricultura, siglo XIX, tierra, frontera.

 


Abstract

In this article is studied the evolution and characteristics of the agricultural colonization processes in Santa Fe and Entre Ríos, two emblematic provinces of Argentina during the second half of the nineteenth century. We propose a new periodization based on the changes in the strategies that were adopted during the process, and studied the problems experienced in each of those provinces, seeking to explain the reasons for the rapid development of Santa Fe and the delays of Entre Ríos. The result emphasizes the importance of the availability of capital and cheap land to provide competitiveness to the developments in a rapidly changing economy.

Key words: colonization, agriculture, XIXth, century, land, frontier.

 


Introducción

Uno de los fenómenos más destacados en la historia rural argentina de la segunda mitad del siglo XIX es el proceso de expansión de la agricultura moderna. Sorprendiendo a propios y extraños por la rapidez y magnitud del proceso, Argentina pasó de ser un importador neto de cereales y harina a constituirse en uno de los mayores exportadores mundiales de esos productos en algo menos de tres décadas. Esa evolución tuvo un motor principal en la formación de colonias agrícolas, esencialmente con inmigrantes.1 Con bastante retraso respecto de la experiencia análoga del sur de Brasil, y luego de un largo impasse entre los primeros y frustrados proyectos encarados al respecto unos 30 años antes, hacia mediados de la década de 1850 comenzaron a arraigar los primeros emprendimientos que lograrían permanecer.2 Las colonias fueron surgiendo en cantidad creciente, cubriendo vastas áreas anteriormente dedicadas a la ganadería extensiva o arrebatadas a tribus indígenas independientes mediante un consistente y continuo avance sobre las fronteras. Los resultados del proceso hablan por sí solos: la región pampeana, esa vasta y fértil planicie de clima templado situada en el centro del país, se había transformado al filo del siglo XX en una moderna fábrica de alimentos. Hacia 1895, la superficie cultivada con trigo en las cuatro provincias que la componían (Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba) había aumentado al menos 39 veces con respecto a su situación de cuatro décadas atrás.3 Si bien con posterioridad a 1890 el derrame de la actividad agrícola hacia fuera de las colonias les fue quitando a estas protagonismo, por largas décadas todavía las palabras "agricultor" y "colono" serán prácticamente sinónimos en el mundo rural pampeano (véase mapa 1).

La bibliografía al respecto es realmente extensa, pero no podemos de ningún modo afirmar que el tema se encuentre cerrado. Es de interés analizarlo en el marco de los debates en torno al carácter del desarrollo agrario pampeano. Para la llamada visión tradicional, este no habría sido plenamente capitalista entre otras cosas porque las lógicas respectivas de las explotaciones ganaderas y agrícolas eran distintas: las primeras, extensas, ineficientes y en manos de propietarios, basaban sus rentas en el control monopólico de la tierra; las segundas, muy pequeñas y en manos de arrendatarios, estaban caracterizadas por la inestabilidad, la imposibilidad de encarar inversiones y la subordinación a los intereses ganaderos a través de la obligación de combinar cereales con forrajes. Se suponía que la productividad de esas pequeñas explotaciones debía de ser muy superior a la de las grandes, pero no existían incentivos para aumentarla a causa de que los contratos de arrendamiento no duraban nunca más de tres años. La colonización sólo habría sido un fenómeno puntual, posible por un fuerte apoyo del Estado y, sobre todo, de ciertos líderes políticos de ideas avanzadas, y no había logrado generar una capa consistente de propietarios de tipo farmer, ya que, a partir de 1870, el acceso a la propiedad de la tierra se cerró.4

Desde hace alrededor de un par de décadas, esta visión se ha ido resquebrajando. Los estudios en los que se sustentaba, de muy limitada base empírica y fuerte sesgo ideológico, fueron refutados con la publicación de sólidas investigaciones de base. Se han puesto en evidencia las conductas empresariales y la heterogeneidad de los actores rurales; y la supuesta subordinación agrícola ha sido abandonada a la luz de la fuerte dinámica propia del sector.5 Sin embargo, persiste todavía la tendencia a suponer que las posibilidades de innovación e inversión en la agricultura estaban ligadas a la pequeña propiedad colona. Sabemos también muy poco acerca de lo que podríamos denominar las formas concretas en que el proceso de colonización finalmente arraigó en donde lo hizo, y por qué en otros sitios ello fue mucho más difícil.6 No conocemos tampoco en profundidad el papel de los distintos actores, por lo que aún suele atribuirse a algunos de ellos una dimensión muy lejana de la realidad.7 Esto en buena parte se debe no sólo a la disparidad en el nivel del análisis, sino a que existen ciertas áreas y periodos mucho mejor estudiados que otros; y a que no es casual que sean justamente los primeros aquellos en los que se verificó la mayor y más rápida expansión.8 Se ha pensado en general que, una vez fundada la primera colonia, la progresión del fenómeno tendría necesariamente que ser continua; esa visión, que en esencia retrotraía al pasado la rápida expansión de la década de 1880, no da cuenta del a veces tortuoso recorrido de los emprendimientos. Nunca fue muy fácil, mucho menos aún antes de ese año, reunir todos los elementos para que una colonia funcionara; y son justamente los emprendimientos fracasados los que, aun cuando poco significativos en el total, pueden mostrarnos mejor las aristas oscuras del proceso.9

Aquí trataremos de plantear nuevos elementos a tener en cuenta para comprenderlo mejor, desde una perspectiva de análisis conjunto de las dos provincias donde el mismo se inició, Santa Fe y Entre Ríos. Ambos casos son paradigmáticos: el primero, por ser aquel en el cual la colonización tuvo mayor éxito; y el segundo porque, contando en el punto de partida incluso con un aparente cúmulo de elementos a favor, por el contrario el proceso colonizador sufrió allí constantes retrasos y problemas. Intentaremos detectar los principios impulsores y los límites; aun cuando la lista podría abarcar un espectro muy amplio (desde el contexto puramente físico hasta el grado de conflictividad política local), aquí nos centraremos en las explicaciones de índole más puramente económica, es decir, el costo relativo de los factores y las alternativas abiertas para un uso más eficiente de los mismos. El análisis se planteó a partir de una periodización diferente de las canónicas, que permitirá introducir un ángulo de visión también distinto y, creemos, más útil.10 Se trata, en esencia, de atender el proceso prestando atención a dos elementos clave: la progresión o retracción de las fundaciones en el espacio ocupado a lo largo del tiempo, y la superficie promedio por emprendimiento, como medida de la respectiva inversión de capital.11

 

Santa Fe y Entre Ríos hacia mediados del siglo XIX

Durante el periodo hispánico y hasta la mitad del siglo XIX el dominio criollo en Santa Fe estuvo reducido a poco más que la ciudad de ese nombre, una franja costera del Paraná al sur de la misma y el área de los caminos que la conectaban con el interior. Cercada por belicosos indígenas al sur y al norte de ese estrecho corredor, Santa Fe sobrevivió por momentos difícilmente a sus ataques. La producción ganadera era ya entonces bastante más notable que la agrícola, fundamentalmente destinada al autoconsumo y al abasto de los escasos centros poblados. Las luchas del periodo posterior a 1810 hicieron de Santa Fe un duro e intermitente campo de batalla. Se produjo una tremenda dislocación económica a causa de la guerra, con destrucción de muchas fortunas y una acrecida presión por parte de un fisco provincial siempre exhausto e imperiosamente necesitado de fondos. Sólo en la década de 1840 la conflictividad comenzó a ser menor, las fronteras pudieron en parte consolidarse y las áreas rurales retomaron la actividad con algo más de certidumbre. Las exportaciones se incrementan y diversifican, destacándose los cueros vacunos y ovinos, la lana y una amplia variedad de maderas. El renovado papel de Santa Fe como centro articulador de un vasto espacio mercantil entre Buenos Aires y el interior, a través del ascendente puerto de Rosario, fue al respecto un invalorable motor económico.12

De todos modos, el crecimiento santafesino de estos años estuvo muy a la zaga del entrerriano. Hacia 1850 la economía provincial enfrentaba duras restricciones: la conflictividad política continuaba, las fronteras se encontraban en el mismo punto que medio siglo atrás, la campaña rural se veía amenazada no sólo por los indígenas, sino también por un heterogéneo conjunto de bandoleros rurales. Pero pronto el cambio comenzó a hacerse más evidente. Los gobiernos provinciales hicieron esfuerzos denodados para expandir la frontera, logrando resultados ya en 1858; hacia fines de la década siguiente el territorio provincial contaba con alrededor de 57 000 kilómetros cuadrados, o más de cuatro veces la superficie de diez años atrás. La aparición de las primeras colonias agrícolas, también en estos años, se ubica así en un contexto económico expansivo.13

En Entre Ríos, en tanto, los indígenas locales habían sido dominados en 1750; a partir de entonces se creó allí una vasta riqueza ganadera, que también fue destruida en el curso de las luchas civiles de la década de 1810. Los productores intentaron continuar generando negocios en medio del caos, lográndolo con importante éxito, sobre todo en las décadas de 1830 y 1840. El cual es tanto más sorprendente cuanto que el gran problema de esa economía, la escasez de mano de obra, se vio incluso acentuado por el ocaso de la esclavitud y el reclutamiento de buena parte de los varones para servir en los ejércitos en marcha. Esta situación fue resuelta mediante la acentuación del uso de técnicas muy extensivas de manejo del ganado, que compensaban la escasez de unos factores con la abundancia de otros; y, sobre todo, mediante un cuidadoso y complejo sistema de disposición de la mano de obra, la cual fue férreamente disciplinada desde el Estado por la acción del caudillo Justo José de Urquiza, quien gobernaría sin oposición hasta 1870, logrando una estabilidad política que diferenciaba netamente a la provincia de su vecina Santa Fe.14 De esta forma, durante esas décadas convulsas la prosperidad no estuvo precisamente ausente de la economía entrerriana; hacia 1850 esta ya poseía la suficiente solidez como para pretender un lugar de privilegio en la constelación rioplatense, cediendo el primero sólo a Buenos Aires.

Sin embargo, las características que le habían permitido crecer parecen haber estado luego entre los escollos que retrasaron la puesta a punto de esa economía a los dictados de la nueva época. Esa extensividad pecuaria no posibilitaba un gran desarrollo agrícola ni facilitaba las necesarias inversiones en animales refinados. Hacia 1850, entre abundantes rebaños de ganado vacuno, la superficie cultivada con trigo apenas alcanzaba unas 1 800 hectáreas.15 Ciertas medidas proteccionistas con respecto a la entrada de granos sugieren que el sector, además, tenía serias dificultades de rentabilidad aim para suplir el corto y cercano consumo local. Es en ese contexto que se intentará encarar la formación de colonias agrícolas con motivaciones estratégicas: no sólo para asegurar el control del territorio y aumentar a largo plazo su población, sino también para apuntalar los abastos.

 

La colonización estratégica y militar (1850-1856)

Gracias a los medios provistos por una previa etapa de crecimiento y menor conflictividad, los líderes de la época comenzaron a pensar en proyectos de colonización. Existían para ello motivos válidos y modelos muy cercanos: las colonias del sur brasileño, que desde hacía unos 20 años constituían en áreas de frontera apoyos estratégicos a las comunicaciones y consolidaban el dominio territorial, a la vez que formaban núcleos de evidente progreso material.16 Para los caudillos provinciales de lo que luego sería Argentina, a menudo en guerra unos con otros y siempre amenazados por la presión de fronteras inestables, esas realizaciones concordaban ciertamente muy bien con objetivos tan básicos como la propia supervivencia. No es extraño entonces que, en la relativa paz de inicios de la década de 1850, la prédica de algunos intelectuales exiliados y de unos pocos comerciantes ansiosos de hacer negocios encontrara fácil eco en esos líderes.

En todos los proyectos discutidos y llevados a cabo en esta etapa, los gobiernos provinciales entregarían la tierra gratuitamente, y habrían de construir la infraestructura de la colonia. Para los empresarios, el negocio consistía en la valorización de la tierra recibida, que siempre era mucha más que la necesaria para poner en marcha los emprendimientos; y en el pago estipulado por contrato de una parte de las cosechas, a fin de redimir los gastos adelantados a los colonos en concepto de pasajes y manutención inicial. Los proyectos hacen incluso expresa referencia a las ventajas de orden político, estratégico y militar que tendría la colonización: tanto para el resguardo de los puntos fronterizos como para el aumento poblacional, clave en la visión de los caudillos de la época como base a largo plazo para el mantenimiento de ejércitos respetables.17El mismo planteamiento de las pocas fundaciones de esos años acusa su carácter: siempre en zonas de frontera, se trataba cuando más de puntos de abastecimiento ligados a guarniciones militares, sin pensar ni prever en otros desemboques alternativos para su producción agrícola.18

Así, esas ventajas estratégicas no guardaban relación con las de orden práctico. Para empezar, las áreas de frontera rioplatenses distaban mucho de los núcleos poblados principales, y, sobre todo, de los grandes cursos de agua en los que por entonces se basaba el comercio. Aisladas entre vastos desiertos, las colonias agrícolas constituían un absurdo desperdicio de recursos: la abundancia de mano de obra provista por las familias de los colonos, que era clave en la diferencia de productividad con el entorno ganadero criollo, se perdía irremediablemente por falta de consumidores a quienes vender el amplio abanico de productos que era capaz de elaborar. Por otro lado, se había creído ingenuamente que bastaría con instalar a los inmigrantes en esas tierras vírgenes, y que estos obtendrían resultados sólo con ponerse a trabajar tal como lo hacían en Europa.19 En un contexto de aguda escasez de mano de obra, cualquier hombre más o menos apto podía conseguir por su trabajo condiciones muy ventajosas, por lo que esas colonias aisladas y esas pesadas deudas a redimir eran una fortísima tentación a la huida. Aun cuando la tierra se entregara gratuitamente, era posible con poco dinero adquirir porciones similares mucho mejor situadas; la escuálida demanda de un piquete de soldados, cuya paga llegaba muy tarde y a veces nunca, no constituía, por otro lado, precisamente un medio para lograr hacer fortuna.

De ese modo, no se trataba sólo de la dificultad en las comunicaciones o la posibilidad de invasiones indígenas; esa colonización, así planteada, era sencillamente inviable. Al advertirse esto, se comenzó a designar parajes menos alejados, y más cerca de los cursos de agua. Sin embargo, había aún otros problemas: era utópico esperar, de las inestables autoridades provinciales o de la vacilante Confederación, que casi nunca contaban siquiera con los mínimos fondos necesarios para sus gastos más inmediatos, los desembolsos ligados a la construcción de infraestructura, por mínima que esta fuese. El repudio de contratos firmados, el pase de los colonos de una a otra administración como si se tratara de brasas calientes, la irritación de una población criolla a la que se le exigían servicios de guerra sin compensarla con ventajas como las que se otorgaban a extranjeros exentos de cargas militares, formaron así parte ineludible del difícil contexto en que debieron desenvolverse estos proyectos iniciales, muchos de los cuales fracasaron.21

Quedaron así en evidencia no sólo la extrema precariedad del andamiaje institucional de la época, y su nula capacidad para embarcarse en proyectos de mediano plazo, sino, además, la imprevisión de los empresarios que habían subestimado los enormes costos, riesgos y complicaciones de emprendimientos de estas características. El esquema del desarrollador que era poco más que un intermediario, haciéndose cargo tan sólo de aportar la gestión y algunos de los elementos más indispensables ligados al punto de partida del emprendimiento, como los pasajes y unos pocos gastos iniciales más, había fracasado. Si la división de tareas así esquematizada comprendía que el suministro de esos bienes era imposible para la contraparte estatal, de todos modos los mismos no constituían sino una porción mínima de lo que era imprescindible desembolsar para poner a punto una colonia. Mal que bien, los colonos formaban conjuntos de personas que, en sus pueblos de Europa, contaban con un complejo y amplio abanico de bienes, instituciones y servicios, que iban desde iglesia, escuela, club social, hospital, mercado, biblioteca, hasta un comité que organizara las fiestas de carnaval o vigilara el cumplimiento de las normas de higiene. Trasladarlos a cuatro chozas perdidas en medio de un desierto equivalía a quitarles de improviso cosas que para ellos eran fundamentales para el desempeño de la vida cotidiana, y que, por otra parte, constituían, si se quiere, una porción necesaria de esos elementos de "civilización" que los pensadores de la época querían difuminar por las pampas. Si se pretendía que el "transplante" echara raíces y formara parte de un cambio social y cultural de envergadura, no podía ignorarse la necesidad de incorporar, con la misma planta, algo de la tierra del lugar de origen para permitirle una adaptación mejor al nuevo medio.

 

La colonización autocentrada (1857-1864)

La fundación de San Carlos, en Santa Fe, en 1858, con inmigrantes alemanes y suizos, y la de San José, el año anterior en Entre Ríos, marcaron puntos de inflexión en el proceso.22 San Carlos constituyó, por primera vez, un emprendimiento encarado por una empresa sólidamente constituida, con buen respaldo de capital, objetivos específicos limitados a la acción colonizadora y un muy alto grado de compromiso en la gestión. El gobierno provincial fue liberado de tareas que era improbable esperar que cumpliera; las cuales pasaron a formar parte de las correspondientes a la empresa, mejor capacitada operativa y financieramente para llevarlas a cabo. Las obligaciones del gobierno se limitaron entonces a entregar la tierra; la misma sólo habría de ser destinada al proyecto colonizador, no buscándose compensar los gastos del empresario con extensiones mayores. Tampoco se la entregaría ya gratis a los colonos, lo cual marca que los costos y beneficios habían sido medidos con más exactitud que antes, a fin de confirmar que el emprendimiento debía y podía ser rentable por sí mismo, sin recursos adicionales para disminuir riesgos. Se eligió también un lote en las cercanías relativas de la capital provincial, lo que culminaba de alejar el emprendimiento de la colonización estratégica de áreas fronterizas.

Pero el cambio más importante estuvo en las formas de organización y gestión concretas del proyecto: por vez primera, todos los preparativos necesarios se hicieron antes de la llegada de los colonos; la administración se ocupó de dirigir rígida y escrupulosamente los trabajos, llevando diarios de los mismos, siguiendo la situación familia por familia, elaborando censos periódicos e intentando resolver los problemas que se presentaban. No sólo se limitó a distribuir semillas, instrumentos de labranza y animales para esperar luego el resultado; por el contrario, se prestó atención a importantes aspectos sociales, como el culto religioso, el establecimiento de escuelas o el orden policial. Asimismo, se fundó una granja experimental donde habrían de realizarse ensayos de adaptación de cultivos.23 Este crucial papel de la administración sería un rasgo recurrente en los proyectos colonizadores de las décadas siguientes, constituyendo el campo fundamental de prueba de nuevas tecnologías agrícolas, así como un lugar de entrenamiento de futuros empresarios colonizadores.24 Por lo demás, tanto en San Carlos como en San José se estableció un severo régimen disciplinario de inspiración fabril, con un reglamento que todos los colonos debían comprometerse a aceptar. Los ecos de esta práctica perdurarían; todavía en 1872 Peterken opinaba púdicamente que San José estaba "dirigida de una manera un poco demasiado militar".25

Sin embargo, aun cuando luego de las lógicas dificultades iniciales San Carlos logró prosperar, la empresa de Beck y Herzog debió ser liquidada. Y, probablemente, San José hubiera provocado también la quiebra de su desarrollador, si este no hubiera poseído la inmensa fortuna de Justo José de Urquiza. Uno de los problemas principales al respecto fue que estas colonias habían sido pensadas todavía ante todo como núcleos de producción autocentrados, a fin de cubrir principalmente las necesidades de subsistencia de cada grupo familiar. Las concesiones seguían planificándose como granjas de estilo europeo, dedicadas a un abanico muy amplio de actividades en una superficie relativamente pequeña.26 El mismo aislamiento tendía a reforzar ese esquema; a tal punto, que incluso la circulación de dinero en efectivo fue en algunas colonias muy limitada en este periodo, lo que a su vez resultaba potenciado porque aun las cuotas por la tierra debían satisfacerse en especies.27 Sólo en segundo lugar las colonias se orientaban a generar excedentes comercializables, los cuales, por otra parte, apenas tenían como destino los exiguos mercados del área (la ciudad de Santa Fe en el caso de San Carlos y la de Concepción del Uruguay en el de San José). Por más que se ensayó diversificar los rubros, el impacto de varios cientos de familias produciendo lo mismo, y por ende compitiendo por escuálidos mercados locales de demanda muy inelástica, determinaba invariablemente inmediatos descensos de precios, más ruinosos aun por las dificultades de la comunicación, que ponían en desventaja a la producción colonial ante las quintas y chacras periurbanas.28 Por lo demás, las administraciones exigían en pago de los adelantos el tercio de las cosechas de cereales, pero nada sobre los demás rubros, lo que era un incentivo a reducir la superficie de aquellos.

De ese modo, no sorprende que a un año de su llegada más de la mitad de las familias registradas en los libros de deudas de San Carlos no hubiera alcanzado a sembrar los 20 jucharten (o 7.25 hectáreas) a que las obligaban sus contratos y el reglamento. Y con esas familias no se cumplió la cláusula contractual que obligaba a expulsarlas: porque hacerlo era condenar al fracaso todo el experimento, y perder por completo las fuertes sumas que se les habían adelantado para cubrir pasajes y gastos iniciales.29

Otro factor adverso fue que, al no existir antecedentes, las pruebas de la granja experimental debían necesariamente incluir fracasos, que se multiplicaban por tantos colonos como los hubieran seguido.30Tampoco era muy realista la pretensión de establecer un régimen disciplinario si no se lo apoyaba con un liderazgo efectivo y con medios suficientes como para sostenerlo. En un arranque de furia ante las presiones que sufrían, los colonos de San Carlos incendiaron la casa de la administración colonial, tal como lo hubieran hecho en el marco de alguna protesta campesina europea de los tiempos del antiguo régimen.31 Pronto resultó evidente que hacían falta áreas de pastaje para el ganado de los colonos, que resultaba siempre una importante alternativa productiva, menos riesgosa y capaz de ofrecer ingresos más regulares que la agricultura, necesaria, por lo tanto, para sostener las explotaciones hasta lograr cosechas exitosas, y en todo caso, hasta afianzarlas. Esto retrasó el desarrollo de una agricultura a mayor escala, desaprovechando algunas oportunidades comerciales.32

 

El comienzo de los recorridos divergentes (1865-1871)

Hacia 1865 se abre una nueva etapa en el proceso de colonización. Ese año todavía la dimensión poblacional de las colonias en Santa Fe y Entre Ríos era casi equivalente: las cuatro santafesinas poseían 3 282 habitantes, mientras que las dos entrerrianas contaban con 2 635.33A partir de entonces Santa Fe comenzará un recorrido cada vez más veloz que su vecina; aun cuando soportando momentos de crisis, y con varias colonias fracasadas, el saldo de cada año siempre fue positivo, agregando más y más hectáreas al inventario correspondiente. Entre Ríos, por el contrario, sufrió un largo estancamiento. Ese impasse habría de constituir también un momento de ruptura a partir del cual habrá de replantearse radicalmente todo el proceso colonizador.

Uno de los primeros indicios de esos movimientos divergentes lo marcó la guerra del Paraguay (1865-1870). La creación, de improviso, de una importante demanda de alimentos para los ejércitos en marcha significó para las colonias no sólo el afianzamiento, sino aun una vigorosa prosperidad: pero mientras al inicio de la contienda el foco del conflicto se encontraba sobre el rio Uruguay, a medida que los ejércitos aliados invadían el territorio paraguayo el eje del Paraná fue convirtiéndose en la vía principal de tránsito, lo que benefició en mayor medida a las colonias santafesinas, San José pudo continuar prosperando; su puerto, Colón, se convirtió en delegación política y en 1869 en capital de un nuevo departamento.34 Pero de todos modos la progresión santafesina comenzó desde entonces a volverse inalcanzable: en 1872, sus 32 colonias tenían 13 827 habitantes, en contraste con los magros 2 851 de las tres entrerrianas, únicas que existían.35

 

Santa Fe: vuelco hacia mercados ampliados

Esa rápida progresión santafesina fue ante todo una respuesta a la coyuntura. La oportunidad ofrecida por la guerra del Paraguay mostró a colonos y empresarios las ventajas de operar con mercados más grandes, aunque más lejanos. Constituyó a la vez una oportunidad de acumular ganancias y desarrollar mecanismos de comercialización eficaces, los cuales serían luego empleados en el ataque al principal mercado regional de alimentos, la ciudad de Buenos Aires. Allí, no era menester tratar de diversificar los rubros producidos sino, por el contrario, apuntar a los que ofrecieran mejor relación de costo/beneficio: los cereales, en ese aspecto, eran sin duda los mejor posicionados.36

Para alcanzar esa demanda era imprescindible contar con comunicaciones mucho más rápidas, eficientes y baratas, que permitieran llegar hasta los mercados concentradores importantes con costos competitivos. Pero los gastos de transporte no constituían ahora el problema principal: el acceso a una demanda ampliada implicaba la especialización, que a su vez exigía el desarrollo de técnicas particulares, y una utilización racional de la abundante mano de obra disponible en las colonias, clave de su alta productividad con respecto a la economía del entorno. En la gran ciudad de Buenos Aires, única plaza regional de importancia y paso previo al mercado mundial, la demanda era mucho más selectiva que en los mercados provinciales; allí convivían granos y harinas de ultramar, a menudo de alta calidad, con productos de la vieja agricultura periurbana, largamente adaptados a las pautas del consumo de la urbe. Así, para las colonias era imprescindible la generación de un capital lo suficientemente significativo como para encarar varias reformas en los procesos productivos, e incluso para hacer frente a los costos del necesario periodo de ensayos, en el cual las ganancias no podían estar aseguradas. En esos transcurriría casi toda la década de 1870-1880.

 

Entre Ríos: estancamiento y crisis

Entre 1848-1849 y 1868, la superficie sembrada con trigo en Entre Ríos sólo aumentó a poco más de 3% anual, es decir, bastante menos que el aumento poblacional, que entre 1856 y 1869 pasó de 79 282 a 132 474 personas.37Esa poco brillante evolución se corresponde con un largo estancamiento en la fundación de colonias: salvo las dos iniciales de Villa Urquiza y San José, no hubo hasta 1871 ninguna otra en todo el territorio provincial. En esa evolución merecen destacarse algunos factores. El primero, el escaso desarrollo entrerriano de los transportes modernos y las obras de infraestructura; el segundo, el acusado proceso de valorización de la tierra debido al rápido aumento poblacional, al proceso de regularización de títulos y a la inexistencia de una frontera a conquistar; el tercero, la alta conflictividad del periodo. Entre 1870 y 1873 la provincia sufrió una dura guerra civil en la que sus autoridades desaparecieron, el servicio público se vio completamente desquiciado y la percepción de las contribuciones fue prácticamente abandonada. Liderada por el caudillo Ricardo López Jordán, la rebelión, que concitó el apoyo de buena parte de la población rural, ha sido interpretada sobre todo desde claves políticas; en realidad, es evidente que los procesos de regularización de títulos y ordenamiento administrativo que jalonan la década de 1860 fueron claves en la tensión social de la época.38 Las consecuencias de esos procesos fueron un rápido aumento en los precios de la tierra, que llegaron a triplicar a los santafesinos; y una acrecida presión fiscal, combinada con intentos de cobrar arrendamiento a los ocupantes de tierras públicas, quienes se consideraban con pleno derecho a ellas en función de los servicios militares prestados. Ello resultaba aún más antipático ante las franquicias y exenciones de que gozaban los colonos extranjeros.39

Tanto por esa sorda hostilidad y esa tensa situación de conflicto como por el alto precio de la tierra en comparación con la vecina Santa Fe, es lógico que el proceso colonizador no lograra en Entre Ríos nuevos avances. Tan sólo en 1871 se pudo recomenzar el proceso, y esto apenas en los aledaños de San José, a fin de aprovechar la demanda insatisfecha de quienes en ella habían ya acumulado suficiente poder de compra como para adquirir nuevas parcelas. Pero esto no resolvía las rigideces heredadas de la etapa previa, cada vez más lejos de las necesidades de la que se abría.

 

La búsqueda de un nuevo equilibrio (1872-1879)

Hacia finales de la década de 1860 el modelo de colonización encarado a mediados de la anterior se había entonces largamente agotado, tanto en Santa Fe como en Entre Ríos. Era evidente la necesidad de una flexibilidad mayor en el otorgamiento de superficies, y se debía terminar con las parcelas alargadas y sucesivas, una para cada familia. Esta versión cimarrona del tradicional Hufe del medioevo alemán resultaba completamente inadecuada para el emergente cultivo especializado y extensivo. Era además ya muy claro que la producción intensiva diversificada perdía terreno por sus altos costos, la competencia, las dificultades del transporte y la posibilidad de acceder a mercados ampliados más lejanos con producción mercantil en gran escala, la cual poseía una lógica de utilización de recursos marcada por la incorporación de procesos productivos modernos, con uso de maquinaria en los segmentos más costosos, cuya precondición era justamente la formación de unidades productivas más grandes. Era así estructuralmente distinta de las pautas hasta entonces imperantes, y su éxito se manifestaba además en la trayectoria de los colonos que se derramaban fuera de los núcleos por la estrechez a que los condenaban estos. Se pasó así a planificar colonias con parcelas de mayor tamaño, organizadas en grupos de dos o de cuatro concesiones, con la posibilidad de que el colono que adquiriera una de ellas tuviera reservadas por un tiempo las restantes del grupo, a fin de permitirle ampliar su escala productiva sin exigirle una inversión inicial tan grande como la que le hubiera significado el pago de las cuotas correspondientes a la superficie completa.40

Por otra parte, al quedar demostrado el carácter de cambio cualitativo de la producción que ofrecía el proceso colonizador, se evidenciaba que las áreas donde no lograra afianzarse, y donde por consiguiente continuaran predominando la antigua agricultura tradicional y la vieja ganadería criolla, habrían de ser rápidamente desplazadas a una posición marginal en el nuevo esquema económico. Resultaba así imprescindible crear impulsos institucionales para arraigar el proceso colonizador en donde la dinámica autónoma del mismo no resultara suficiente, como ocurrirá en Entre Ríos.

 

Santa Fe: avances sobre tierras nuevas

En Santa Fe, por el contrario, el mismo recorrido expansivo del fenómeno fue mostrando que el apoyo estatal podía limitarse a inocuas exenciones impositivas, sin necesidad de proveer gratuitamente la tierra ni de embarcarse en complicadas garantías a la instalación de migrantes. Estos ya no debían ser reclutados en Europa por el empresario colonizador; cada fundador de colonias sólo necesitaba anunciar su proyecto por los periódicos, y pronto obtenía respuestas de interesados en instalarse allí. Para 1870, el flujo de inmigrantes espontáneos hacia áreas rurales había adquirido en Argentina un volumen suficiente como para absorber la oferta de lotes, que comenzó a crecer en forma exponencial.41

Así, la viabilidad del negocio colonizador como tal estaba por fin demostrada, tanto como emprendimiento inmobiliario cuanto (por su necesaria ligazón con este) en lo que respecta a la misma producción agrícola. Cultivar brindaba buenas ganancias; y eso a su vez favorecía la demanda de tierras. Si bien el Estado nacional y los provinciales comienzan desde ahora a intentar organizar parte del proceso, sobre todo fomentándolo en áreas marginales, a partir de inicios de la década de 1870 ya no se discute que el impulso fundamental de la colonización ha de provenir del capital privado. La clave de la expansión, en este esquema, empezó a gravitar cada vez más sobre la oferta de tierras, por lo que Santa Fe, que contaba aún con frontera abierta, buscó expandir cada vez más sobre ella la ola de la colonización. Esta circunstancia establecería diferencias fundamentales a la hora de evaluar el proceso en la vecina Entre Ríos: allí, donde la frontera indígena había desaparecido hacía mucho tiempo, y donde una población en acelerado crecimiento presionaba cada vez más intensamente sobre la superficie disponible, sólo se podía avanzar sobre tierras de productividad decreciente, situadas al interior provincial, cada vez más lejos de las vías de comunicación. Comenzó a producirse así un desplazamiento del eje de las inversiones hacia Santa Fe, en tanto allí el dinero rendía más.

En ello, tuvo además parte primordial el propio planteamiento de nuevas pautas productivas: la producción extensiva especializada sobre tierras nuevas implicaba una racionalización del trabajo bajo normas y técnicas específicas, cuya creación, prueba, puesta a punto y difusión debían hacerse con rapidez, buscando la diferenciación en el máximo ahorro de factores para contrarrestar así la creciente competencia de los otros centros dedicados al mismo rubro, y que no se limitaban a los regionales sino que incluían ahora a las más avanzadas áreas de agricultura templada del mundo. De ese modo, la incorporación de procesos modernos de mayor eficacia debía ahora abarcar todo el proceso productivo, y no tan sólo aplicarse a algunos segmentos aislados. Pero esto no significó que se efectuara una simple traslación de maquinaria importada para lograr esos cambios; por el contrario, los procesos modernos tenían que cumplir con las específicas precondiciones operativas de una agricultura de desarrollo local, para lo cual tuvieron ante todo que mostrarse eficientes en el reemplazo de antiguas pautas productivas, y, sobre todo, justificar el cambio de las mismas en orden a los objetivos de especialización que se imponían y a las características de las tierras nuevas sobre las que se derramaban.

Todo ese largo y complicado proceso de prueba y error, que por otra parte debió ser encarado sin contar con datos tan básicos como los derivados de observaciones regulares del régimen de humedad, o de estudios climáticos y de aptitud de suelos más o menos serios, constituyó un desafío que dio, durante toda la década, mucha aleatoriedad a los emprendimientos. No era rara la quiebra de grandes empresarios colonizadores, o que las colonias fundadas en tierras demasiado alejadas o poco aptas para el cultivo debieran ser abandonadas.42 Así, es razonable admitir que faltaría todavía bastante para que la rentabilidad esperada de esos negocios pudiera aproximarse a la realidad. Pero de todos modos, para varios empresarios correr el riesgo por sí solos valía ahora evidentemente la pena: lo cual fue sin dudas parte fundamental del impulso que posteriormente habría de adquirir el fenómeno, y es una muestra de un cambio de actitud notable, ligado a la confianza de haber resuelto por fin, con el acceso al mercado mundial y la expansión sobre tierras nuevas, los problemas fundamentales de la economía de las colonias agrícolas: la baja elasticidad de la demanda local o regional, y la relación de costo/ beneficio existente. Pero estas comprobaciones llevaron a otra, también extremadamente importante: la colonización de áreas periféricas nunca sería capaz de extenderse con rapidez si no se proveían medios de comunicación modernos. Esto se fue logrando, principalmente, con la expansión de las líneas férreas, y en parte también con la mejora de caminos y puentes; pero, en los puntos concentradores, esta infraestructura no hacía sino aumentar aún más los precios de la tierra, que debían así ser compensados con una competitividad creciente.

 

Entre Ríos: la construcción de puntos de apoyo

Y donde ese cambio cualitativo no había sido precedido por una inversión de capital suficiente como para poner en marcha formas productivas más competitivas, las explotaciones quedaban lógicamente fuera de mercado ante la concurrencia de la producción de las áreas de frontera recientemente incorporadas. Eso es lo que ocurrió en Entre Ríos, donde en algunas zonas nucleares el incremento del precio de la tierra ofreció un porvenir más que frágil a una ganadería todavía en buena parte tradicional, de rentabilidad decreciente y en manos de productores con limitada capacidad de acumulación, que no podían encarar las inversiones necesarias para modernizarla. La vieja ocupación de las regiones costeras hacía, en tanto, más fácil instalar allí nuevas actividades productivas para los grandes propietarios, parcelando aceleradamente sus tenencias; en otras zonas de carácter más marginal, esto sólo podía lograrse mediante la acción inducida. De este modo, mientras en Santa Fe los ferrocarriles se extendían por las áreas nuevas recientemente conquistadas al indígena y reemplazaban las viejas rutas de tráfico con el interior, en Entre Ríos la elite política provincial intentaba, mediante una intensa acción estatal encarnada en los municipios, ampliar e intensificar la producción agrícola en las áreas que circundaban antiguos núcleos poblados. Esa acción estatal se especializó y acotó, orientándose más que nada a objetivos específicos y al fomento de determinadas áreas, sobre todo apelando a la formación de joint ventures con empresarios privados. El ámbito municipal suplió así en parte la iniciativa privada en la gestión del proceso colonizador; lo cual quedó plasmado en leyes orgánicas que delegaban en niveles municipales los recursos y elementos para llevarlo a cabo.43

De todos modos, aún no estaban dadas las condiciones para un despegue de la producción agrícola especializada. La superficie cultivada con trigo en 1877 apenas llegaba a las 5 121 hectáreas; su aumento había sido importante desde 1868, pero aún estaba muy lejos de las 117 912 hectáreas de las colonias de Santa Fe.44 Los motivos no sólo se encontraban en el todavía incipiente avance del proceso colonizador: la inseguridad de vida y bienes en el medio rural era aún muy alta, y los extranjeros parecen haber sido blancos bastante frecuentes de la misma.45 Por lo demás, la grave crisis económica de 1873-1876 afectó la disponibilidad de capital y el nivel de consumo, complicando asimismo la situación política y fiscal. La década, sin embargo, dejó para la provincia un total de al menos 32 colonias que permanecieron en el tiempo, según surge de una variedad de fuentes no siempre homogéneas.46 Es significativo indicar que, si bien 20 de esas 32 colonias fueron fundadas por empresarios privados o grupos comunitarios, la superficie total de las mismas sólo alcanzó a 74 307 hectáreas, mientras que los doce emprendimientos creados por municipios o por los estados provincial y nacional, sumaron 129 869 hectáreas, con un promedio que prácticamente triplicaba el de las colonias privadas.47 Queda así claramente expuesto el peso diferencial de la acción estatal, y las dificultades del capital privado para acumular los recursos suficientes para un desarrollo autónomo del proceso colonizador.

 

La gran expansión y el acceso al mercado mundial (1880-1888)

Durante la década de 1880 la expansión agrícola se volvió vertiginosa. La superficie cultivada se multiplicó y la fundación de pueblos y colonias pudo contarse por cientos. El proceso, ya plenamente afianzado, trascendía las anteriores estrecheces regionales, abarcando ahora a todas las provincias, si bien con ritmos distintos; y convocaba la voluntad y los capitales de una extremadamente variada gama de empresarios. En esta época adquirieron cada vez mayor visibilidad las grandes compañías de colonización, concentrando a menudo una misma empresa la creación y organización de varias colonias. Si bien los individuos continuaron llevando a cabo la inmensa mayor parte de los proyectos, la diferenciación entre ellos se hizo más clara, destacándose con especial relevancia los grandes empresarios multümplantados, que operaban en diversas provincias, movilizando cifras a menudo fabulosas y extendiendo su actividad hacia negocios financieros y productivos muy variados. Se afianzó y expandió también en esta época la colonización comunitaria, como la efectuada por alemanes del Volga o la de la Jewish Colonization Association. Ambas trascenderían también el ámbito de una única provincia y operarían a una escala considerable, lo que asemejaba su accionar al de las grandes compañías privadas; agregándole, sin embargo, el nada despreciable componente relacional ligado al carácter del emprendimiento, cuyos miembros compartían creencias religiosas, tradiciones e incluso un mismo lugar de origen, lo que reducía notablemente los riesgos y costos de administración y los inherentes a la búsqueda de personal adecuado.

Fue también durante este periodo que la producción agrícola moderna comenzó a derramarse fuera del ámbito de las colonias. Luego de desalojar las importaciones de harinas en el principal punto de consumo, la ciudad de Buenos Aires, la producción agrícola pampeana se orientó cada vez más intensamente por los ritmos del mercado exterior. Perdió así, por primera vez en su historia, su centro de gravedad local: ahora nacían y se ampliaban con rapidez enormes áreas dedicadas a cultivos extensivos, crecientemente especializadas en torno a productos destinados en su totalidad a la exportación. Esto implicó cambios de magnitud no sólo en la obvia disponibilidad de una infraestructura de transportes; mucho más fundamentales fueron las radicales modificaciones generadas en el planeamiento mismo del negocio agrario, y en las formas de uso de los recursos que este llevaba implícitas. Mientras la producción agrícola tradicional podía realizarse en pequeñas superficies dentro de unidades mayores orientadas hacia una ganadería extensiva, en momentos en que el valor de la tierra estaba determinado por la baja productividad de ambas actividades, las nuevas pautas de la agricultura extensiva exigían superficies mayores dentro de unidades especializadas, en las cuales pudieran amortizarse mejor los altos costos de la mano de obra y el uso de maquinarias, además de que la misma demanda ampliada por las posibilidades del mercado mundial autorizaba a extender la escala productiva hasta donde los recursos, las fuerzas o el crédito del agricultor pudieran desarrollarse. Pero, paralelamente, las propias posibilidades del negocio motivaron un creciente aumento del precio de la tierra, que sólo el continuo avance sobre las fronteras logró morigerar. Si bien a fines de la década de 1880 la inflación de valores fundiários terminó en una crisis de la cual sólo lograrían recuperarse muchos años después, la tendencia de largo plazo era bastante clara. Pero de todos modos, más allá de algunos momentos puntuales, el ritmo de valorización de la tierra no podía competir con la tasa de ganancia esperada por los múltiples negocios agrarios; entre otras cosas, por la propia existencia de una vasta oferta de tierras nuevas que deprimía los precios, además de la misma incertidum-bre inherente a un mercado en formación completamente convulso. Así, para el nuevo agricultor-empresario la inversión en tierras no era tan conveniente como el uso productivo del capital que podía gastarse en ellas; y, por otra parte, la escasez de este obligaba a encarar un uso creativo del mismo, buscando entre otras cosas minimización de riesgos a través de vxna amplia gama de instrumentos, entre ellos la mayor versatilidad posible en las formas de tenencia. Las pautas de la agricultura extensiva implicaban, como hemos dicho, un ahorro mayor, y costos más competitivos, en la medida en que lograra aumentarse la escala operativa; para lo cual, la compra de tierras aparecía como un factor poco racional en tanto podía invertirse más productivamente el dinero arrendando una superficie mayor que la que hubiera podido comprarse con el mismo.48

Así se explican en buena parte varios de los fenómenos de la época, comunes además a otras economías similares: por ejemplo, el aumento en la proporción de arrendatarios agrícolas, a fin de aprovechar coyunturas de mercado favorables ampliando elásticamente la escala productiva mediante el arriendo, y evitando al mismo tiempo la compra de tierras a fin de no distraer del proceso productivo los ingentes capitales que este necesitaba; y no es casualidad que ocurriera entonces algo muy similar en otras regiones de agricultura extensiva tan distantes como las praderas australianas o las del oeste americano. O la difusión de técnicas predatorias del suelo (wildcat), por las que se reducían costos operativos y se intentaba aprovechar la demanda internacional y los ciclos de buenos precios

cultivando varios años seguidos el mismo cereal sobre la misma tierra, sin atención a formas más conservacionistas de explotación.49 Por otro lado, para la creciente masa de nuevos productores agrícolas, el arrendamiento constituía una forma muy conveniente de ensayarse en la actividad, así como para encarar cambios de escala de manera más rápida de lo que hubiera sido posible a través del tradicional sistema de venta de parcelas en las colonias; se reducían o suprimían también los tiempos de hipoteca, con lo que el traspaso en caso de no adecuación se agilizaba; y podía accederse a tierras de mayor productividad.

Pero en Entre Ríos estas formas de tenencia más versátiles sólo pudieron expandirse limitadamente. Karl Kaerger efectuaba algunas agudas consideraciones al respecto, cuando en 1897 afirmaba que una de las diferencias entre la colonización santafesina o cordobesa y la entrerriana era que en esta última no había tenido lugar la colonización "preparatoria" que consistía en establecer arrendatarios o medieros en explotaciones ganaderas (estancias), con contratos que duraran de tres a cinco años y con la obligación de sembrar alfalfa (a fin de ser utilizada como forraje) luego del último trigo. Mientras que esta práctica contribuía a hacer descender el precio de la tierra dado que a cambio de encontrar gente que aceptara esos contratos los estancieros estaban dispuestos a ofrecerles condiciones más favorables, a los ganaderos entrerrianos no les resultaba útil sembrar alfalfa puesto que al cabo de algunos años esta se perdía, necesitando la tierra ser abonada en forma. Las consecuencias eran, primero, que la tierra era cedida en condiciones más gravosas, y, segundo, que no existían grandes extensiones disponibles para el arriendo, redundando en límites a la capacidad de los agricultores para ampliar su escala productiva, o incluso para acumular capital.50 Por lo cual, los colonos trataban de arrendar o comprar tierras cercanas a las que ya poseían, lo cual presionaba sobre la demanda en las áreas proporcionalmente más colonizadas, aumentando aún más los precios. No sorprende así que, para 1895, las explotaciones agrícolas entrerrianas estuvieran 69% en manos de propietarios, mientras que en Santa Fe los mismos sólo detentaran 50% del total; pero, mientras en Entre Ríos sólo existían 97 segadoras y 19 máquinas agrícolas movidas a vapor, en Santa Fe las cifras respectivas eran de 12 359 y 1 640, evidenciando ampliamente el considerable retraso técnico de que adolecía Entre Ríos con respecto a su vecina, sin dudas a causa de la escasa capitalización de sus unidades productivas.51

 

Un balance: el proceso colonizador en perspectiva

La gráfica 1 muestra la progresión de la superficie colonizada en ambas provincias a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XIX.

Como puede verse, la dinámica del proceso colonizador en Santa Fe está pautada por expansiones sucesivas, de las cuales la primera ocurre ya durante la segunda mitad de la década de 1860 y la más intensa a partir de 1880. En ambas ocasiones, Entre Ríos sólo muy lejos logró seguir esa progresión; y únicamente en 1889, año en que los precios de la tierra alcanzan su cénit, logró convocar proyectos de inversión similares a los de su vecina. Si miramos ahora las superficies promedio por colonia en cada periodo tendremos otra de las claves de la comparación entre ambas (véase cuadro 1).

Partiendo ambas provincias de un promedio similar, a medida que avanzaba el tiempo Santa Fe logró mantenerlo, pero Entre Ríos lo vio decrecer constantemente. Se marca así con claridad el fenómeno de crowding out sufrido por esta provincia ante su vecina, quien, por su oferta de tierras a precios más competitivos, absorbió parte sustantiva de los capitales disponibles para la creación de emprendimientos de envergadura. La más lenta y difícil formación de capital en Entre Ríos está también pautada por una mayor persistencia de actividades tradicionales de rentabilidad decreciente, así como por la inexistencia de centros urbanos concentradores y generadores de fortunas. Los comerciantes de la dinámica ciudad de Rosario habían tenido un destacado papel en la formación de colonias santafesinas; en Entre Ríos, a la inversa, sólo existían centros urbanos de importancia local, y no una gran urbe cosmopolita como aquella. Se creaba así un círculo vicioso, donde la inversión resultaba insuficiente como para dinamizar la economía, y a su vez esta no generaba las oportunidades necesarias para acumular recursos, ni podía atraerlos ofreciendo un más competitivo precio de sus factores. El papel del impulso estatal sólo en parte logró mitigar esta situación: hacia fines del siglo XIX, la provincia poseía una cantidad de colonias similar a la santafesina, pero mucho menos dinámicas y mucho más pobres.

En este aspecto, y contra los postulados de la visión tradicional, los resultados aquí expuestos sugieren que la innovación y la inversión en las explotaciones agrícolas no necesariamente son funciones de una extensión menor ni de la tenencia de la tierra en propiedad, pudiendo, por el contrario, presentar una relación inversa con ambos factores. Por otro lado, más allá de las limitaciones establecidas en Entre Ríos por una poco competitiva relación productividad/precios de la tierra, las etapas del proceso podían incluir un periodo de arrendamiento como parte de estrategias de aprendizaje y acumulación de capital. También hemos mostrado cuán discutible ha sido el papel asignado al Estado: como hemos visto, este actuó en forma mucho más concreta y especializada recién a partir de 1870 y no antes, y a fin de compensar las falencias de la acción privada, pero sin poder reemplazarla. Es significativo que, en el proceso mismo de expansión agrícola, ciertas regiones generaran condiciones de inversión más atractivas, lo cual, en un contexto de carestía del capital, derivó en dificultades crecientes para otras que no podían ofrecer costos similares.

En todo caso, esas distintas dinámicas se orientaban en una misma dirección, y no tenían retorno posible. Puede decirse así que, hacia el último lustro del siglo XIX, el clásico proceso de colonización iniciado media centuria atrás había en buena parte concluido: las nuevas pautas del desarrollo agrícola abarcaban ahora una variada gama de recursos, de las cuales la fundación de colonias con el fin de entregar a plazos la tierra en propiedad era sin dudas una más. Más importante aún, el derrame de la actividad hacia fuera de las colonias se había convertido ahora en un hecho irreversible: si bien la colonización continuaría teniendo parte significativa en el proceso de expansión subsiguiente, el rubro agrícola poseía ya una dinámica propia, que iba mucho más allá del ámbito de la colonización tradicional. No se trataba sólo del reemplazo ocasional de la venta de tierras por su arrendamiento: lo realmente notable era la incorporación creciente de agricultura en establecimientos mixtos, y más aún su desarrollo autónomo en grandes explotaciones.

Habrá cambiado asimismo el carácter de esa agricultura: una integración plena en la economía mundial tuvo sin dudas efectos muy concretos en la expansión de formas nuevas y variadas de manejo de los recursos y de planeamiento de la empresa agrícola. Por otra parte, la difusión de procesos operativos modernos había adquirido ya una dimensión suficientemente sólida, culminando el largo aprendizaje de las técnicas adecuadas a una agricultura extensiva de secano propia de regiones de frontera abierta, y adaptadas a las particulares condiciones pampeanas. Pero no todas las regiones de la fértil pampa habían alcanzado esos objetivos: y es paradójico que, al menos en Entre Ríos, una exitosa historia económica previa hubiera limitado fuertemente sus posibilidades ulteriores.

 

Siglas

AGPSF Archivo General de la Provincia de Santa Fe, Santa Fe.

AHAER Archivo Histórico y Administrativo de Entre Ríos, Paraná.

ANH Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires.

APSJ Archivo del Palacio San José, Concepción del Uruguay, Entre Ríos.

 

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Notas

1 Lo que se entendía por colonización agrícola varió mucho en la época; aquí llamamos así a la creación de núcleos para el establecimiento de agricultores, sobre todo europeos, aunque no en forma exclusiva, en tierras privadas o públicas, delimitadas y parceladas previamente, y que les eran entregadas en venta a plazos. A partir de inicios de la década de 1880 a esta modalidad por así decir tradicional se le agregó la de la entrega de la tierra en arrendamiento; pero esta también fue considerada como tal en la época, a pesar de ciertas críticas.

2 La colonización agrícola con inmigrantes europeos se inició en Brasil en la década de 1820, logrando desde entonces afianzarse; en cambio, las experiencias realizadas por la misma época en Buenos Aires y Entre Ríos fracasaron. Roche, Colonisation, y 1959, y Schopflocher, Historia, 1955, pp, 16 y ss.

3 Puede calcularse en unas 50 000 hectáreas la extensión cultivada con trigo en el área pampeana criolla hacia 1850, a partir de datos provistos para Buenos Aires por Justo Maeso, en Parish, Buenos, 1958, pp. 630T631; para Santa Fe, Carrasco, Primer, 1887-1888, libro n, p. ix; para Entre Ríos, Serrano, "Riqueza", 1923; y para Córdoba, Romano, Economía, 2002, pp. 70, 95-96. Según el censo nacional de 1895, existían en las cuatro provincias de Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires y Entre Ríos, 4 235 593 hectáreas cultivadas, de las cuales 2 640 682 correspondían a colonias agrícolas. Fuente, Carrasco y Martínez, Segundo, 1898, t. III, pp. 110 y ss. Entre otras cosas, la decena de escuálidos centros poblados que Santa Fe poseía en 1854 se habían transformado en alrededor de 400 hacia 1895, unidos por una densa red de vías de comunicación. Datos en Fernández, Prontuario, 1896.

4 Ejemplos de esta visión en Ortiz, Historia, 1955, y Giberti, "Desarrollo", 1962.

5 Ver entre otros Cortés, Progreso, 1979; Miguez, Tierras, 1986; Barsky y Pucciarelli, Agro, 1997, y Barsky y Djenderedjian, Historia, 2003.

6 Además de las obras generales (por ejemplo Schopflocher, Historia, 1955), y de las que citaremos luego para Santa Fe y Entre Ríos, es importante para Córdoba el trabajo de Ferrero, Colonización, 1978. En todo caso, el proceso colonizador sólo comenzará allí luego de 1874. La fundación de colonias no fue significativa para la expansión agrícola en Buenos Aires. Ver Sesto, "Implementation", 1982, y Girbal, Centros, 1980.

7 Se ha atribuido erróneamente un papel determinante a la acción estatal en el planeamiento y puesta en marcha de colonias en el periodo inicial que va desde 1856 a 1870 (Ortiz, Historia, 1955). Sin embargo, cumplirlo era imposible para un Estado nacional argentino que recién se constituiría sobre bases firmes a partir de 1862, y aun para los gobiernos provinciales, sumarias administraciones inestables y en permanente déficit, que no poseían ni elementos, ni recursos ni personal suficientes como para constituir apuestas complejas y de largo plazo. Por el contrario, será justamente a partir de 1870 cuando los distintos niveles del Estado, nacional, provincial y municipal, comenzarán a planear, crear y administrar colonias.

8 Esto es particularmente evidente, en especial, en lo que respecta a la provincia de Santa Fe a partir de 1870. Véase, por ejemplo, Gallo, Pampa, 1983, y Bonaudo y Sonzogni, "Disciplinar", 2000. Entre los pocos trabajos sobre Entre Ríos, uno de los mejores es el de Weyne, Descripción, 1988.

9 La visión progresiva del fenómeno está muy bien ilustrada por Schopflocher, Historia, 1955. Si bien el optimismo predominante en los informes de fines del siglo XIX había hecho olvidar los fracasos, los de la década de 1870-1880 los tenían muy en cuenta. Véase, por ejemplo, García, Estudio, 1877, pp. 90-91.

10 Las periodizaciones vigentes (Ortiz, Historia, 1955) establecen, a grandes rasgos, un periodo "inicial", "oficial" o de venta de la tierra en propiedad, que corre entre 1853 y 1870; y un periodo de colonización "privada", y de "arrendamiento", a partir de ese último año. Como se ha dicho, los emprendimientos de colonización estatales comienzan en realidad a prodigarse a partir de 1870; y posteriormente no se eliminó en modo alguno la venta de parcelas. Por lo demás, no contábamos con una explicación coherente de ese cambio.

11 Apuntemos que las fuentes, generadas a nivel provincial, tienden a ocultar situaciones extremadamente heterogéneas dentro de cada jurisdicción.

12 Rosal y Schmit, "Comercio", 1995, y Frid, "Preludio", 2007.

13 Gallo, Pampo, 1983, pp. 34 y ss.

14 Urquiza será luego quien, derrocando a Juan Manuel de Rosas, inicie el proceso de organización constitucional argentino en 1853. El disciplinamiento de la mano de obra se logró también a través del desarrollo de un ethos colectivo que afirmaba el sentimiento de pertenencia a una "comunidad" provincial, así como por la dosificación de premios y castigos según los méritos de los soldados. Schmit, Ruina, 2004.

15 Datos en Serrano, "Riqueza", 1923. Sobre una cosecha de 17 000 fanegas, se calculó un promedio de 70 kilos de semilla por hectárea sembrada, a partir de Raña, Investigación, 1904, p, 119. Se tomó la fanega de Concepción del Uruguay, que medía 210-215 libras con trigo. Rendimiento de trece granos por cada uno sembrado en Martín, Description, 1860-1864, t.I, pp, 473-475.

16 Un influyente informe acerca de la colonia brasileña de São Leopoldo en Gutiérrez, "Apuntes", 1846; el autor fue ministro del gobierno de la Confederación (1853-1862, compuesta por todas las provincias argentinas excepto Buenos Aires) y estuvo relacionado con la fundación de Esperanza en Santa Fe (1856).

17 Cuyas, Apuntes, 1888, pp. 145, 311 y ss.; Castellanos, Colonización, 1877, p. 26; Brougnes, Extinction, 1855, pp. 72-79, y también Martin, Description, 1860-1864, t. II, pp. 376-377. Esta visión por así decir "mercantilista" de la colonización se inscribía también en las luchas políticas del momento. En Corrientes, a esos objetivos estratégicos se superpuso una sorda puja entre sectores de poder; el gobernador Pujol intentó a través de la colonización agrícola disminuir el peso de los sectores ganaderos en la economía provincial, uno de cuyos líderes habría de derrocar a su sucesor. Buchbinder, Caudillos, 2004, pp. 49 y ss., 59 y ss.

18 Esto resulta muy claro en Las Conchas, fundada en Entre Ríos en 1853, y también en Esperanza, creadas ambas en torno a fortines, y esta última fuera de la línea de fronteras con los indígenas que, sin embargo, habría de avanzar hasta englobarla unos años después. Pérez, Primer, 1945; Schobinger, Inmigración, 1957, p. 68, y Castellanos, Colonización, 1877, p. 12. Planos de proyectos de colonización de fronteras en Revista del Plata, num. 12, agosto 1854, pp. 170 y ss.

19 A tal punto estaba arraigada esta convicción que el empresario Brougnes no consideró necesario proveer a los colonos de instrumentos de labranza, ya que "los que ya posea el pequeño cultivador, y que podra llevar consigo, bastarán para su explotación", ignorando así la inmensa diferencia entre los cultivos intensivos europeos y los extensivos de tierras americanas, donde además existía una tecnología propia de instrumentos de labranza, desconocida para el europeo. Revista del Plata, t I, núm. 12, agosto 1854, p. 176.

20 Esperanza es un ejemplo de este periodo de transición: si bien fue fundada fuera de la línea de fronteras y en torno a un fortín, de todos modos se encontraba bastante cerca del área controlada por los criollos. Véase el mapa inserto en Carrasco, Primer, 1887-1888, fase. 1, p. XI, y también Schobinger, Inmigración, 1957, p. 68.

21 Wilcken, Colonias, 1873, p. 19; Oggier y Jullier, Historia, 1984, p. 23, y Castellanos, Colonización, 1877, pp. 18 y ss.

22 Charles Beck Bernard, el fundador de San Carlos y gestor de San José, creó una sociedad en Suiza con un capital inicial de 500 000 francos a fin de formar colonias en Santa Fe. Beck, Republique, 1865, pp. 190 y ss., y Gschwind, Fundación, 1959, pp. 11-12. Sobre San José véase Home, Ensayo, 1957, pp. 35 y ss.

23 Beck, Republique, 1865, pp. 206 y ss; Gori, Familias, 1954, passim, y Perkins, Colonias, 1864, p. 63. Muchas de estas características de San Carlos también se pusieron en práctica en la entrerriana San José.

24 Un buen análisis del papel de la administración en Perkins, Colonias, 1864, p. 27, y también en Nicolorich, Candelaria, 1872, pp. 10-13.

25 Peterken, Republique, 1872, p. 35; ejemplos en Archivo del Palacio San José (APSJ), bulto 186, libretas de colonos.

26 Sólo 33 hectáreas. Comparar la distribución del espacio productivo en los planos de Brougnes, Extinction, 1855, y las propuestas por Goeritz, Cours, 1850, fig. 7, pp. 90-91 y passim. El modelo del transplante también era compartido entonces por las colonias del sur brasileño. Seyferth, Colonização, 1974, pp. 47 y ss.

27 Véase al respecto Oggier y Jullier, Historia, 1984.

28 Perkins, Colonias, 1864. Esta limitación persistió aunque se intentó reducir los altos costos de transporte a través del empleo de medios de locomoción propios.

29 Ver los detalles de siembras por familia en el diario de la administración en Gori, Familias, 1954. Crítica a los gastos en que se había incurrido para sostener a esas familias en Perkins, Colonias, 1864, p, 53.

30 Es lo que ocurrió por ejemplo con los intentos de aclimatar gusanos de seda o cultivar tabaco.

31 Schobinger, Inmigración, 1957, p. 138.

32 Beck, République, 1872, p. 116. En estos años, la incorporación de ganadería resultaba conveniente no sólo para diversificar riesgos, sino también como reserva de valor; posteriormente formará parte de las estrategias empleadas en las colonias de reciente fundación, para lograr afianzarlas. Un ejemplo en los patrimonios individuales de la colonia San Jerónimo, de carácter más capitalizado y ganadero que en las demás. Censo del 12 de enero de 1867, en Archivo General de la Provincia de Santa Fe (AGPSF), Gobierno, t. 31, fs. 383 y ss.

33 Ford, Republique, 1867, pp. 55-58.

34 Entre otros, Peyret, Visita, 1889, t.I, pp. 19 y ss.

35 Wilcken, Colonias, 1873, cuadros; al parecer incluso la población de las entrerrianas había descendido desde 1869. Mantegazza, Rio, 1870, pp. 403-404.

36 Posteriormente el acceso de la producción cerealera de las colonias al mercado mundial seguirá hasta cierto punto las pautas marcadas en la apertura del mercado porteño.

37 O el 4.3% anual. Estadística de Entre Ríos de 1868, en Archivo Histórico y Administrativo de Entre Ríos (AHAER), Gobierno vil, Estadística, carp. 11, leg. 1; censos de 1856 y 1869 en Rejistro Estadístico de la República Argentina, t. I, pp. 115 y ss., y Fuente, Primer, 1872. Para 1868 no hay datos de área sembrada en el departamento Gualeguay y en algunos distritos de Concordia.

38 Los ejércitos de los revolucionarios iban, según los autores, desde 10 000 hasta 14 000 soldados. Reula, Historia, 1969-1971, t. II, p. 32, y Gianello, Historia, 1951, p. 459.

39 Sobre el aumento del precio de la tierra ya a inicios de la década de 1860 véase Hinchliff, South, 1863, pp. 375-376; hacia 1870, en ventas fiscales, una misma superficie tenía precios mínimos de alrededor de 700 pesos fuertes en Santa Fe, y de 3 150 en Entre Ríos. Ruiz, Provincia, 1896, t. I, p. 157, y Napp, República, 1876, p. 429. Referencias de los revolucionarios acerca del "clientelismo" ejercido por el gobierno con respecto a los extranjeros en detrimento de los "criollos" y quejas por el peso de los impuestos, en Academia Nacional de la Historia (ANH), fondo Ricardo López Jordán, caja 4, f. 628; R. López Jordán a Pedro Seguí, Calá, 27 de abril de 1870; caja 7, f. 108, y proclamas en El Obrero Nacional, por ejemplo, el de 29 de agosto de 1870, en ibid., caja 7, f. 84.

40 Peterken, Republique, 1872, pp. 42-43; ejemplos en Ripoll, Provincia, 1888-1889, t II, planos de colonias.

41 Una visión sin dudas optimista, pero con bases reales, en Wilcken, Colonias, 1873, passim.

42 Por ejemplo Súnchales, abandonada en 1874; descensos de población en otras en Beck, Republique, 1872, p. 157; Larguia, Informe, 1879; García, Estudio, 1877, pp. 90-91, y Miguez, Tierras, 1986, pp. 113 y ss.

43 Véanse las medidas legales en Ruiz, Provincia, 1896, t. II, pp. 131 y ss.

44 Ripoll, Provincia, 1888-1889, t. n, p. 6, y García, "Informe", 1881, p. 162.

45 Reula, Historia, 1969-1971, t. II, pp. 155-156; referencias a la inseguridad reinante en Halperin, Espejo, 1987, p. 236. El contraste con la férrea policía impuesta por Urquiza era muy claro; Díaz, Memorias, 1878, pp. 200-201.

46 Se intentó conformar un listado de colonias a partir de diversas fuentes publicadas, buscando corregir los errores por confrontación con otros testimonios. Raña, Investigación, 1904; Schepens, "Censo", 1889, pp. 697 y ss.; Ripoll, Provincia, 1888-1889; Bavio et al, Provinda, 1893; Argentina, Estadística, 1884, y Fuente, Carrasco y Martínez, Segundo, 1898, t. I, pp- 652 y ss.

47 Por el contrario, en Santa Fe, en el periodo 1871-1879, las fundaciones estatales sumaron 56 271 hectáreas, contra 381 174 de las privadas, de las cuales sólo 21 595 contaron con algún tipo de apoyo gubernativo especial (por ejemplo, entrega gratuita de la tierra). Datos en Fernández, Prontuario, 1896, passim.

48 Un interesante análisis al respecto en Zeberio, "Situación", 1993.

49 Alusiones al tema en Gallo, Pampa, 1983, p. 120, y Fogarty, Gallo y Dieguez, Argentina, 1979, p. 101.

50 Kaerger, Agricultura, 2004, pp. 434-436. Además, la combinación de cereales y oleaginosas reconstituía el suelo por consumo inverso de nutrientes.

51 Fuente, Carrasco y Martínez, Segundo, 1898, t. III, pp. 109 y 176; también El Campo y el Sport, núm. 128, 16 de diciembre de 1893, p. 1656. Las explotaciones entrerrianas tenían además una menor dimensión promedio.

 


Sobre el autor

Julio C. Djenderedjian

Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires e investigador adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina. Es docente de grado en la Universidad de Buenos Aires y de posgrado en la Universidad Nacional de Lujan y en FLACSO, Es autor de unos 30 capítulos de libros y artículos en publicaciones científicas, así como del libro Gringos en las pampas. Inmigrantes y colonos en el campo argentino, y de dos volúmenes de la colección Historia del Capitalismo Agrario Pampeano, titulados La agricultura pampeana en la primera mitad del siglo XIX y La expansión ganadera hasta 7895, este último en colaboración con Osvaldo Barsky.

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